Cerezos en Flor
Sin darme cuenta por los avatares de la vida terminé vagando en la más absoluta oscuridad. La soledad me sostenía entre sus brazos fríos haciéndome tiritar. El gélido viento del miedo me helaba la sangre y se metía en mis huesos paralizándome por completo. Y la tristeza cubría mis ventanas con cortinas de terciopelo negro. Miré mi interior y sentí como mi piel se daba la vuelta, pues, tan profundamente me asumí. Y tan solo pude ver la misma oscuridad y la misma tristeza que en el exterior me envolvía. Ante semejante situación un terror atroz me sacudió hasta las orillas del alma al pensar que podría no haber nada más.
En mi desesperación, inicié una búsqueda frenética y enloquecedora de cualquier atisbo de algo distinto a lo que veía y sentía. Temía morir de la forma más horrible que conocía: Convertirme en parte de la Nada con el corazón latiendo todavía. En mi travesía pasé hambre de ayuda y sed de amor, pues tan sola me encontraba. Mis pasos me llevaron por un camino lleno de espejismos, algunos nostálgicos y otros aterradores. Vi ilusiones de mi niñez desvaneciéndose frente a mis ojos, vi recuerdos trágicos en los que me abnegaba entre lágrimas y oí los llantos desgarradores de la niña que fui.
Casi estaba convencida de conocer lo que me aguardaba el Destino, cuando y para mi sorpresa, una luz blanca y cálida surgió tras de mí. Al girarme e intentar contemplarla y ver su origen, me sentí cegada por su albor e hizo que me cubriera los ojos y retrocediera un paso. Poco a poco mi vista fue acostumbrándose al fulgor y en medio de tanta brillantez pude distinguir una forma y una sensación que me resultaba familiar pero que no conseguía definir. Estiré la mano para tocarla y sentí la calidez en el aire que la envolvía e irremediablemente fui atraída. Caminé hacia ella y sentí como el frío que sentía se iba amainando. De pronto, la forma se deshizo y envolviéndome por completo me abrazó con fuerza y mi hambre quedó saciada.
Finalmente se instaló a mi lado con la silueta de una mujer envuelta en un sari blanco. Sus cabellos canos eran largos y ondulados. Su rostro joven y risueño y sus ojos eran rasgados, verdes y brillantes como esmeraldas. Sin mediar palabra ni presentación alguna nos tomamos de la mano y ambas miramos al frente para continuar el camino que yo había emprendido. Pero para mi total asombro vi como la oscuridad desaparecía súbitamente dejando apenas briznas de sombras alrededor y ante mí se extendió una sinuosa vereda cruzando un bosque de cerezos en flor. Inspiré profundamente hinchando mi pecho y suspiré mientras veía con deleite una danza de pétalos surcando el aire acompañando a la brisa suave susurrando mi nombre.
Nos internamos en el bosque con paso tranquilo envueltas por la belleza y la serenidad del lugar hasta que nuestro andar se vio interrumpido. En medio del camino había una anciana vestida con harapos y un abrigo viejo. Estaba sentada en la tierra con las piernas cruzadas y con los brazos extendidos y en las palmas de sus manos yacía la Tristeza. Nos miró con sus eternos ojos grises y yo correspondiéndole intenté averiguar la razón de su presencia allí y el motivo de las lágrimas que se deslizaban por sus arrugadas mejillas. Sin soltar la mano de la mujer de luz, recorrí despacio la distancia que nos separaba y me arrodillé ante ella hasta que quedaron a la misma altura nuestras caras. Sentí su pena añeja y profunda. Sus idas y venidas a lo largo de mi vida. Acerqué mis labios y besando su rostro bebí todas y cada una de sus lágrimas saladas. Y la terrible sed que había sentido desde el comienzo de mi viaje se calmó de repente. Ella sonrió con su eterna melancolía en la mirada, guardó la Tristeza en su abrigo y cerrando los ojos, entre pétalos y en silencio, desapareció.
Me puse en pie y caminamos bajo los cerezos hasta que vi una figura igual a mí y supe que era mi otro yo de pie bajo un cielo nocturno sin luna ni estrellas, cogida de la mano de una niña y al borde del Abismo. Observé con suma curiosidad mi propia persona descalza y vi que las piernas me temblaban, que mis hombros caídos parecían cansados bajo una túnica corta de seda lila que se pegaba al cuerpo y que el pelo suelto y enloquecido bailaba con frenesí por el fuerte viento.
Miré a la niña entornando los ojos y devolviéndome la mirada sonrió. Tenía puesto un vestidito rojo lleno de encajes y calzaba unos zapatitos de charol. Su pelo era dorado, lacio y largo como hilos de oro. Lo llevaba recogido en dos coletas atadas con anchas cintas rojas y adornado con pequeñas perlas de nácar. Recordé que mi amada madre solía vestirme igual. La tez de su pequeño rostro redondeado era blanca y sus mejillas y boca sonrosadas. Curiosamente tenía un ojo color azul y otro del color de la miel, sin embargo, esa distinción la hacía aún más bella y adorable.
- ¡Me llamo Amor! - Me gritó por encima de los aullidos del viento y con la mano libre nos hizo señas invitándonos a que fuéramos hasta donde se encontraban.
Caminamos hacia ellas y cuando me paré a su lado observé sus curiosos ojos tan llenos de vida y la pequeña volvió hacia mi otro yo su mirada peculiar. Ésta la miró un instante, confusa e interrogante hasta que se percató de nuestra presencia.
Examiné su rostro exactamente igual al mío, en busca de alguna señal, más no encontré ilusión ni luz en su mirada ni palabras ni sonidos en su voz. Supe que esos ojos se habían asomado al interior del Abismo y que se sentía impotente por no poder rescatar lo que había caído dentro de él. Lo que había perdido. Aquellos ojos miraron primero a mi compañera etérea sin ningún interés y después a mí. Y juro que por un instante vi aterrada que retrocedía y soltando la mano de la niña, caía al Vacío. No obstante todo fue otro trágico espejismo y me sentí aliviada cuando desperté del leve ensueño angustioso y descubrí en sus ojos un repentino destello de emoción y de reconocimiento ¿Un milagro? ¿Una revelación? ¿O la simple comprensión y entendimiento? Se echó a llorar de forma desgarradora aullando como un animal herido y sin dudarlo me abalancé sobre ella y la abracé con todas mis fuerzas arrastrándola lejos del borde de la oscura inmensidad insoldable e incomprensible.
Y así permanecimos hasta que los espasmos cesaron, los llantos se acallaron y todas las lágrimas fueron derramadas. El alba se abrió paso anunciando un cielo azul, olí el rocío de la mañana y vi las tonalidades rosas y amarillas del amanecer. Noté el cansancio en su respiración más sentí la fuerza de su alma y vi las heridas en su corazón. Le susurré que podía dejar atrás lo que había perdido, que aún quedaba tiempo para buscar y encontrar nuevas ilusiones, y nuevos recuerdos. Al mismo tiempo que se lo decía yo misma iba entendiendo que la razón de mi odisea era rescatarme de la oscuridad a mí misma y sin darme apenas cuenta ambas nos fundimos en un solo ser. Y me sentí libre. Y me sentí completa.
La niña rió, saltó y corrió a mí alrededor. Y yo también salté y corrí y reí, sorprendiéndome al reconocer que hacía mucho tiempo que no oía mi propia risa. Tomé a la niña con una mano y con la otra la de la mujer de la luz y bailamos dando vueltas hasta que mirando a mi etérea cómplice me di cuenta de algo y me detuve. No le había preguntado su nombre. De repente una fuerza invisible me arrebató la oportunidad al elevarme en volandas y supe que me llevaría de vuelta al exterior. Miré hacia abajo y las vi correr entre los cerezos y a viva voz hice la pregunta a mi amada amiga, pues quería saberlo antes de marchar.
- ¡Esperanza! - respondió sonriendo. Y entonces recordé que ya nos habíamos visto y sentido muchas veces antes.
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