EN LA OTRA VIDA

Corría el año 1947. Sara era una muchacha de veintiséis años a la que la vida no había tratado muy bien. No obstante su fuerte espíritu la hacía tener sueños y esperanzas. Trabajaba de cajera, siempre en el turno de tarde, en un comercio de alimentación que vendía al  por mayor y al detalle. Pasaba las horas tratando con clientes y proveedores. Hacía cobros, pagos y facturas. Le gustaba su trabajo y le gustaba la clientela. Se sentía a gusto a pesar del rutinario horario, el salario lo compensaba. Su puesto de trabajo consistía en un cubículo amplio. Dos paneles con la parte inferior de metal y la parte superior de cristal, y otros dos paneles completamente metálicos. Dentro había dos estanterías, una de ellas con forma de L. El lado más pequeño de ésta quedaba justo encima de su escritorio de trabajo y por encima había una ventanilla. Era ahí, en la parte frontal, donde realizaba la mayor parte de sus funciones.

Sara había decorado el panel derecho con dibujos a lápiz de su puño y letra. Y parte de la estantería la tenía decorada con diferentes curiosidades, pues le gustaban las cosas que se salían de lo común. Lo limpiaba a menudo y aromatizaba el aire alrededor quemando cáscaras de naranjas secas. Incluso ahorraba y compraba algún artículo de papelería para darle un toque personal y de color. Había hecho de un frío cubículo un cálido y ameno lugar donde pasar sus horas laborales. ¡Así era Sara!

Cuando no había clientes que atender ni facturas que realizar, aprovechaba el tiempo para leer. Su gran pasión. Y su patrón sabía de esta afición, como también sabía de sus excentricidades, pero se lo permitía porque  era muy buena en su trabajo y no descuidaba sus obligaciones. Sus compañeras de trabajo la apreciaban hasta el punto de verse incluso fuera del horario laboral como buenas amigas. Sara vivía un poco al margen debido a la ubicación de su puesto de trabajo que la mantenía alejada de sus compañeras, pero en el fondo era ese espacio lo que más le gustaba. En definitiva, se sentía bien y vivía bien. Sin excesos, ya que la época tras la guerra no era nada fácil. Sin embargo ella se sentía sumamente afortunada por tener un trabajo tan bueno como aquel. Muchas personas a las que conocía no les daba ni para comer. Algo que Sara intentaba subsanar dándoles lo que podía.

Llevaba en la empresa un año y ya había firmado un nuevo contrato de duración definida. No podía pedir más. No obstante, un día todo cambió para nuestra querida Sara. Un cliente. Un hombre joven de veintisiete años acudió a la caja para realizar un pago. Sara levantó la vista desde la silla tras su escritorio dejando a medias unas facturas para atenderlo. Cuando sus miradas se encontraron, su corazón dio tal latido, que estaba segura que el desdichado órgano se había dado de morros contra las costillas. Esta imagen en su cabeza casi la hizo echarse a reír, pero había aprendido a no reírse sola en público con sus ocurrencias, pues la gente solía mirarla como si se hubiera vuelto loca. El problema radicaba en su imaginación desbordante y a veces se le hacía difícil aplacarla. Sin embargo en esta ocasión no le costó esfuerzo alguno. La mirada ambarina y penetrante del sujeto la había dejado atónita. Jamás había visto un color más hermoso que aquel.

El hombre en cuestión también parecía haberse quedado conmocionado mirándola. Algo inexplicable había sucedido en un lapsus de dos segundos y ninguno podría asegurar de que se trataba, pero ambos supieron que había sido real, extraño y mutuo. El momento fugaz lo rompió Sara cuando se apresuró a exponer su mejor sonrisa y a darle las buenas tardes de la forma más natural de la que fue capaz. Él correspondió a su sonrisa y a su saludo apenas con un susurro. Después le pasó la nota con la cuenta junto al dinero a través de la ventanilla para que se cobrara.

Él miraba sus movimientos a través del cristal. Y Sara era consciente de ello a pesar de estar contando las monedas y billetes. Mientras ella le devolvía el cambio siguiendo la cuenta, se miraban y sonreían tímidamente. Sara se preguntaba por qué le latía tan deprisa el corazón y le temblaban las manos. Y él observaba de soslayo mordisqueándose el labio inquieto. Aún en medio de tanta timidez y algo de confusión, ambos supieron guardar la compostura.

Mientras el joven guardaba el cambio en la cartera. Sara pudo observarlo más detenidamente. Tenía los hombros anchos, las manos cuidadas y la piel delicada. Su pelo era corto y rubio ceniza. Sus ojos eran del color de la miel y su boca era sonrosada. Su tez era blanquecina e inmaculada, no asomaba si quiera la sombra de una barba. Sin embargo en conjunto era un rostro lleno de virilidad y fuerza a pesar de su hermosura.

Sara como cualquier mujer, inmediatamente repasó mentalmente su aspecto. Llevaba puesto el suéter rojo que tanto le favorecía, el pelo largo y castaño peinado en un intrincado de trenzas y estaba maquillada lo justo y necesario para no parecer una puerta. Era una de esas mujeres prácticas y realistas a pesar de su imaginación y sus aficiones poco usuales como los tebeos y a los seriales de la radio sobre vampiros y seres sobrenaturales. En la vida real, sabía lo que era real y lo que no. 
El mundo fantástico para ella siempre había sido, y siempre sería, una puerta de escape cuando se sentía agobiada por los problemas, el dolor o la gente. Así que sabía que no era la mujer más bella del mundo, pero tenía la suficiente autoestima para saber, que no presumir, que era atractiva. Tenía los ojos grandes, de un tomo marrón verdoso y unas largas pestañas. Su boca era sensual y en conjunto tenía una cara bonita. Además tenía unos pechos redondeados y voluptuosos que armonizaba con el resto de su cuerpo. Así que no perdía la esperanza de que quizás a él le gustase. Porque a estas alturas Sara ya tenía claro que ese hombre le gustaba y mucho además.

Pero en medio de estos pensamientos, que fueron más rápidos que estas escritas palabras, vio algo que dio al traste con todas sus ilusiones. Una alianza. Sí. Una alianza en el dedo anular del hombre. Antes de pensar en nada más. Se dieron las gracias mutuamente y  se despidieron de forma cortés. Y así fue, el primero de los muchos encuentros que se sucederían todos los martes y viernes de cada semana a partir de entonces a lo largo de cuatro años.

Poco a poco fueron entablando una relación que pasó de, dependienta y cliente, a amistad. Bromeaban según los acontecimientos de la semana y hablaban de todo un poco sin tocar temas personales y manteniendo siempre las distancias. Cosa que les resultaba muy fácil gracias al cristal que los separaba. Por el azar o por el destino, jamás se encontraron en otras circunstancias durante todo ese tiempo que no fuera en el comercio. No obstante los sentimientos de Sara eran cada vez más y más profundos.

Por supuesto, Sara jamás demostró estar interesada en algo más que no fuera una inocente amistad, pues respetaba aquella alianza tanto como se respetaba a sí misma y a sus principios. Además de que él nunca le dio motivos para pensar que estaba interesado en ella de otra forma diferente. Al contrario, se mostraba muy natural y no como se solían comportar los mujeriegos e infieles a sus mujeres. Como ella solía pensar, como gatos nerviosos y enamoradizos a la caza de alguna gatita fuera del hogar.

No. Su relación iba más allá de eso. Compartían cierto grado de complicidad especial cuando charlaban sobre temas que sólo ellos compartían. Nunca fueron irrespetuosos ni dieron señales que llevara a situaciones embarazosas o inequívocas. Siempre tuvieron cuidado de no suscitar rumores ni habladurías por parte de los demás. Debían ser cuidadosos pues, en aquellos tiempos, un falso rumor podía acabar con la reputación de una persona y arruinar su vida.

Sara se veía cada vez más enamorada de Emilio, pues así se llamaba el joven, y cada vez más perdida. Sabía que era enfermizo alimentar aquel sentimiento, pero no podía remediarlo. Era más fuerte que ella. Si no aparecía un martes o un viernes, se preocupaba tanto que perdía el sueño durante días, preguntándose con infinito terror si volvería a verle. Pues era consciente de que dicha posibilidad existía. Pero cuando reaparecía, la angustia se esfumaba. Y ella volvía a su país de ensueños.

En una ocasión conoció a su esposa. Una sola vez fue esa mujer a comprar. A ella le resultaba extraño, pero jamás preguntó. Pues nunca intimaron lo suficiente como para hacer preguntas personales. Ambos eran muy respetuosos y reservados.  Aunque tenían muchas cosas en común.  Para Sara, la esposa le resultó ser una buena mujer. Le pareció amable, educada e inteligente. Actitudes que ella valoraba mucho. En seguida le cayó en gracia y a pesar de estar perdidamente enamorada de Emilio, se sintió feliz por él.

Al  segundo año Emilio le comentó de su futura paternidad. Sara lo felicitó y supo que sería un padre magnífico. A pesar de sentirse feliz por él, se le rompió el corazón, pues ahora no solo era un hombre casado, sino que sería un padre de familia. Y si ya antes sabía que debía arrancarse ese amor del corazón como fuera, ahora la sensación era más urgente. El niño nació y lo llevó en una ocasión a la tienda con él.  Era precioso. El mismo tono de piel y el mismo color de ojos que su padre. Risueño y adorable. Una bendita criatura.

Al final del cuarto año desde aquel primer día en que se conocieron. Sara iba de camino al trabajo como cada día. Era lunes y su paso era tranquilo, mientras pensaba en miles de cosas distintas hasta llegar a una cafetería cercana al comercio. Solía tomar una taza de café antes de entrar a trabajar. Siempre. Era un sitio muy concurrido y ella procuraba buscarse un lugar apartado donde no se viera invadido su espacio vital. De repente en medio de un sorbo de café. Emilio se sentó frente a ella en la pequeña mesa. Las manos de Sara quedaron suspendidas con la taza entre ellas mientras lo miraba con asombro incapaz de articular palabra alguna.

Con un súbito temblor volvió a dejar la taza en el platillo que resonó por un instante en la mesa al son de su corazón acelerado. Antes de abrir siquiera la boca él la miró directamente a los ojos con un brillo febril. Ella sostuvo su mirada como hipnotizada por su belleza al mismo tiempo que pensaba que su olor era embriagador. Se dio cuenta entonces de que esta vez no había ningún cristal que los separara físicamente. Pero moralmente…

Emilio al fin consiguió entreabrir los labios y susurró. Sara creyó que iba a morir. A pesar del tumulto había oído perfectamente cada palabra, pero era incapaz de explicar cómo. Lo único que sabía era que si su corazón seguía latiendo a ese ritmo, tendría un ataque.

-          Te amo – Esas fueron sus palabras. Tan claras. Tan diáfanas. Tan grandes. Tan complicadas.

-          ¿Qu…? – Y este fue el balbuceo que ella consiguió tras escucharlas.

-          Que te amo – Repitió el con el fulgor del pelaje de un tigre de bengala en los ojos y un leve temblor en los labios y en la voz.

-          No… Em… - Era incapaz de hablar. Era incapaz de moverse. Sus manos aún aferraban la taza de café. Olvidada. Enfriándose.

-          Dime que me amas y lo dejaré todo. Todo – Era sincero y ella lo supo al instante. Como también sabía que era un amor prohibido.

Él esperó. La miraba. Ella miraba la taza de café, sus propias manos alrededor, el sobre de azúcar sin abrir… Y la alianza en su dedo. Brillante, desafiante e imperiosa. Y lo supo. Siempre lo había sabido. El sueño debía acabar.

-         No – Dijo Sara con certeza. Sin duda en la voz ni en su corazón. Levantó la mirada y enfrentó al tigre de sus ojos – No, Emilio. Tienes una familia. No romperé eso.

-          Solo pienso en ti. Día y noche. Es como si llevara años engañándola.

-          Pero no ha sido así. Y no ocurrirá.

Esta vez fue él quien bajó la mirada. Sus manos encima de la mesa unidas, entrelazados los dedos… Sara decidió hacer lo que debía hacer a pesar de que su corazón y su alma le estuvieran gritando lo contrario. A pesar de que algo en su interior se estaba rompiendo y haciendo añicos. Algo tan grande y tan doloroso que le dolería hasta el día de su muerte. Más era una mujer de principios. Invocó la imagen de la esposa de Emilio y de su hijo para darse ánimos y fuerzas.

-          Ve a casa Emilio. Tu esposa y tu hijo te esperan. Es una buena mujer, no lo merece. Yo no…

Las palabras se agolpaban en su boca. Sus sentimientos en su corazón. Y la razón, si se perdía en esos ojos ambarinos la perdería sin duda alguna también. Él levantó la cara y poco a poco levantó la mirada. Sara sintió un desgarro en su pecho. Un dolor profundo y sin nombre cuando vio sus lágrimas y el temblor de sus labios. Sin poderlo evitar sus propias lágrimas brotaron, surcaron sus mejillas y murieron en su cuello. Pero fue incapaz de limpiárselas. No se podía mover.

-          Por favor… - Rogó él. Sara estaba a punto de enloquecer. ¡Dios cuánto dolor! Dame fuerzas suplicó ella a las alturas.

-          No, Emilio. No en esta vida… - Él apoyó una de sus manos en las de Sara y ella enmudeció de repente.

Se miraron. ¿Cuánto tiempo? ¿Quién lo sabe? Al final los dos se soltaron las manos lentamente. Sus ojos abnegados en lágrimas… Tristes… Rotos… Ambos lo sabían pero él necesitó decirlo y había decidido luchar y no rendirse. En cambio Sara, sólo necesitaba saber que él sería amado, pues su mujer lo amaba y su hijo lo amaría. Y además ya se había resignado, porque se conocía a sí misma y sabía que jamás sería feliz arruinando la vida de dos personas inocentes. ¿Injusto? se preguntaba. Por supuesto, se respondía a sí misma. Más, ¿no es así la vida? volvía a interrogarse…

-          Prométemelo – Le dijo él con la voz quebrada y roto el corazón – Que estaremos juntos… - lloró – Tú y yo… En otra vida…

-          Sí… Amor mío… Sí… - lloró también – Tú y yo…En otra vida… - Sara se llevó las manos a la boca para contener los quejidos del llanto – Ve… Vete…

Sara vio como se perdía entre el tumulto de gente. Ella cogió el bolso y fue hasta el aseo de señoras. Entró en uno de los cubículos y lloró como nunca en su vida había llorado antes. Desgarradores gritos y aullidos animales salieron de su boca como si hubiera dejado de ser humana. El intenso dolor en su pecho y las sacudidas de su cuerpo eran inconsolables. Desoyó las voces que hablaban tras la puerta del cubículo y los porrazos para intentar abrirla hasta que se compuso lo justo para decirles que estaba bien. Que la dejaran llorar. Minutos después se hizo el silencio y su llanto también enmudeció, más las lágrimas no se detuvieron.

Han pasado sesenta y cuatro años desde entonces. Emilio jamás volvió al comercio. La tienda se cerró dos años después por la crisis económica del país durante la segunda guerra. Sara no se casó ni tuvo hijos. Ahora vive en una residencia, esperando la muerte.

Está sentada  junto a la ventana. Lleva sentándose allí todas las tardes desde hace veinte años viendo el paso de las estaciones y de las aves. Observa a una paloma que está bebiendo de una fuente de piedra con el adorno de un querubín.

-         Demasiado típico – susurra a la habitación. Igual que hizo el primer día que entró en esa habitación y al asomar la cabeza por la ventana la vio. Odiaba la maldita fuente, sin embargo, le gustaba ver a las palomas beber en ella. Siempre sentía envidia de ellas por tener alas. De pronto entra una de las enfermeras. Sara no se molesta en mirar. Sabe que es Cintia que viene a darle las pastillas de la mañana.

-          ¡Buenos días, Sara!

-         Buenos días – contesta aún sin mirar. Piensa que le ofrecerá como siempre el vaso de plástico con agua, después le pondrá las pastillas en la otra mano y esperará hasta que se las trague. Después se irá diciendo alguna frase manida por otras muchas antes que ella.

Pero lo que le ofrece Cintia esta vez no es un vaso de agua sino una carta. Sara se queda tontamente mirándola sin comprender. La joven enfermera no dice nada hasta que la coge. Con manos temblorosas intenta darle la vuelta para leer quien es el remitente. Imposible. Además no tiene las gafas puestas.

-          Cintia, hija. ¿Te importaría leérmela? – Pregunta mientras tiende la carta.

-         Cuando se tome las medicinas – Le contesta cogiendo la carta y ofreciéndole agua en un vaso de plástico. Sara maldice para sus adentros por no tener más aliento para darle un grito.

Menuda ironía -  piensa Sara, llegas a vieja y te tratan como a una niña. Finalmente claudica en silencio y toma el vaso de agua y las pastillas. La última la traga con dificultad. Mira nuevamente por la ventana y siente envidia otra vez de las alas de la paloma.

-       En el remitente dice: Emilio  Mayor . – A Sara le da un vuelco el corazón. Tan fuerte como aquel que sintió tantos años atrás. Cintia nota que la mención del nombre la ha alterado.- ¿Se encuentra bien? – pregunta tomando una de sus manos.

-          Sí… Sí… - contesta al tiempo que asiente con la cabeza – Léela despacio.

-          De acuerdo…

-          ¡Cintia!

-          Dígame.

-          Por favor… No me sueltes la mano.

-          De acuerdo – dice la enfermera y se sienta junto a ella. Cintia hace un malabarismo para abrir la carta sosteniendo la mano de Sara. Consigue abrir el sobre y extrae una hoja de cartas. Coge aire y comienza a leer:



Querida Sara:

Me llamo Emilio y sé que no me conoce, sin embargo, yo siento que a usted la conozco de toda la vida. No puede imaginarse lo feliz que me siento al poder dirigirme a usted por fin y saber de que aún goza de salud.

Si he optado por escribirle antes de visitarla, ha sido por respeto a su decisión de aceptar o no mi visita.

Debo explicarle que después de que mi madre falleciera, hace ya treinta años, mi padre me confesó el gran amor que sintió por usted. Me sentí conmovido por tan dramática historia. Adoraba a mi madre y hasta el día de su muerte, mi padre siempre estuvo a su lado. Fue un marido y un padre extraordinario. De alguna manera siento el impulso de darle las gracias. Si usted no hubiera renunciado a sus sentimientos, mi destino hubiera sido otro muy distinto.

Una promesa hecha a mi padre en su lecho de muerte, hace siete años, me ha llevado a seguir la búsqueda que mi padre emprendió cuando enviudó para encontrarla. Lamentablemente murió sin volver a verla.

Me gustaría conocerla en persona y enseñarle algo. Algo muy importante y que fue a su vez la última voluntad de mi padre, la cual me hizo prometer hacer todo lo posible por cumplirla.  Gracias a Dios y a usted si accede a que yo la recoja esta misma tarde para enseñarle el legado que mi padre le dejó. Siento en el fondo de mi corazón que también debe ser algo muy importante para usted.

He dejado mi número de teléfono en recepción. Le ruego acepte mi petición. Estaré esperando su respuesta.



Atentamente:

Emilio Mayor, hijo.





Sara escuchó en silencio y las lágrimas cansadas y tristes surcaron su arrugado rostro. Cintia guardó la carta y la puso entre las manos de la anciana. Ambas mujeres se miraron. Y sin palabras Sara asintió con la cabeza y la enfermera supo lo que tenía que hacer.

Aquella tarde después de más de sesenta años volvía a sentir ese hormigueo que en su juventud la carcomía cuando era un martes o un viernes y su enamorado se retrasaba. Entonces creyó tener una alucinación. Sentada en el recibidor de entrada de la residencia, vio entrar empujando la puerta de cristal a su tan amado Emilio. El mismo pelo rubio cenizo, el mismo caminar… El hombre se acercaba hacía ella y podía distinguir su sonrisa.

¿Emilio? ¿He muerto y no me he dado cuenta? – pensaba.

Cuando el hombre llegó a su altura se quedó hipnotizada al ver sus ojos color miel. El hombre hablaba con delicadeza, le explicaba y ella asentía. Sí. Lo entendía todo, aún conservaba la razón aunque por un momento pensó que la había perdido. La ayudó a subir al coche. Gris. El hombre seguía hablando, pero ella no podía hablar. Era incapaz de pronunciar palabra alguna. Pues si se trataba de un sueño, temía despertar. Pero no era un sueño. Podía oler el perfume del hombre sentado a su lado conduciendo, podía oír los sonidos del mundo y podía sentir los latidos de su propio corazón. No. No era un sueño. Y aunque el hombre tuviera los ojos de Emilio, su pelo, su porte y su tez. No era él. Y eso también sabía que era así. No porque él se lo dijera, no porque sería imposible, sino porque en sus ojos faltaba el fulgor del tigre y la calidez de su voz.

Se detuvieron en un camino. Rodeado de zonas verdes, panteones y tumbas. Un cementerio. La ayudó a apearse, tomó su mano con delicadeza e hizo que caminara enganchada a él. El hombre le hablaba de sus años mozos, de sus vivencias con su padre y de cómo éste le había hecho  prometerle algo. Sara escuchaba cada palabra, pero todas y cada una de ellas se mezclaban con los latidos cada vez más violentos de su corazón y con el susurro del viento.

De repente el hombre paró. Ella también. Y llevándose una mano a la boca ahogó un grito de angustia, de amor, de dolor, de eternidad… Al leer lo que había escrito en la lápida que yacía a sus pies.







D.E.P.

EMILIO MAYOR 

(1920 – 2006)

TÚ Y YO

EN LA OTRA VIDA








Sara se arrodilló lentamente y con la ayuda del hombre consiguió sentarse junto a la lápida. Con sus dedos arrugados y frágiles acarició la leyenda escrita en relieve. Las lágrimas seguían brotando imparables. El hombre hablaba, pero ella ya no era capaz de oírlo. Tan sólo oía el viento que  le llevaba los susurros de su amado que entre lágrimas y temblando le decía: …Tú y yo…en otra vida…

Sara cerró los ojos y susurrando estas palabras sintió como finalmente su corazón se paraba.- Al fin… – pensó – Al fin contigo.





Comentarios