AULLIDOS

Estaba tumbada sobre una alfombra de felpa frente al fuego de la chimenea, la cabaña, que pertenecía a mi abuelo Julián, era cálida y acogedora. Añadí un tronco al fuego, que lo lamió despacio, saboreándolo antes de devorarlo y removí los restos con ayuda del atizador. El agradable calor que emanaba, calentaba mis manos y mi cara, dejé el atizador en su sitio y me acerqué a una de las ventanas y limpié la humedad de uno de los cristales con la manga de mi suéter para ver el exterior. La luna llena llenaba de luz y sombras azules la linde del bosque y hacía brillar el barniz de los tablones del porche y la barandilla. El viento soplaba leves brisas haciendo que las copas de los árboles bailaran en un lento y apacible son.

Fui hasta la puerta, me puse el abrigo gris de tres cuartas, me abotoné despacio, cogí las llaves de la mesilla y las metí en uno de los bolsillos, me puse un gorro de lana negro con decoraciones en blanco que mi madre me había regalado las pasadas navidades, me agaché y me calcé con parsimonia unas botas de piel negras, anudando con fuerza los cordones. Me incorporé, abrí la puerta y el aire gélido, pero de alguna forma revitalizante, acarició mi rostro. Sonreí y cerré la puerta tras de mí, bajé los escalones de madera del porche oyendo sus crujidos hasta sentir bajo mis pies la fría almohada de nieve virgen, blanca e inmaculada, que había caído aquella misma tarde y que se extendía como un manto hasta la linde del bosque. Respiré profundamente tomando una gran bocanada de aire y lo expulsé lentamente sintiéndome llena de armonía y sosiego. Caminé despacio con las manos metidas en los bolsillos, una de ellas acompañadas por el frío metal de las llaves, y me adentré en el frondoso bosque lleno de sombras y de luz de luna.

Mientras caminaba tenía que apartar alguna que otra rama, saltear raíces de árboles fuera de la profundidad de la tierra y pasar sobre troncos viejos con restos de nieve, derritiéndose ya, sobre ellos. El viento seguía en su constante y agradable brisa, de vez en cuando se oían algún que otro ruido de aves nocturnas, roedores o cualquier otro animalillo que viviera por allí. A medida que avanzaba la nieve era menos densa y más fácil me resultaba el caminar, llegué a una zona que no reconocí, así que me paré y miré alrededor en busca de alguna señal que me indicara donde había ido a parar, por desgracia no hallé nada familiar que me diera una idea de mi ubicación exacta, así que por temor a perderme, si no lo estaba ya, decidí volver sobre mis pasos y regresar a la seguridad de la cabaña y al agradable calor del fuego de la chimenea, además de prepararme una taza de chocolate caliente nada más llegase. Con esas ideas en la cabeza me di la vuelta para iniciar mi regreso cuando de repente un aullido ensordecedor me detuvo en seco. El silencio tras la abrupta irrupción del animal era aterrador, ante la sorpresa de semejante susto me quedé paralizada, claro está, pero me dio tiempo de darme cuenta que la criatura no podía estar a más de cien metros de mí y que estaba justo en la dirección que me llevaba a la cabaña, antes de poner en práctica algún plan de escapatoria o pensar en otra cosa siquiera, sonó otro aullido tan cercano como el otro, cuando creí que iba decreciendo y que ya iba a concluir ese canto eterno de los lobos hacia su ama y dueña, la luna, se elevaron por todo el bosque a mi alrededor, varios aullidos desincronizados y a diferentes frecuencias por lo que no pude averiguar ni la distancia ni el número de enemigos a los que me enfrentaba, pero sí supe que andaban aún lejos. Con precaución di unos pasos hacia atrás y sin que los aullidos cesasen, comencé a escuchar el sonido inequívoco de animales corriendo hacia mí, pero, mientras mi miedo iba en aumento mi cuerpo entró en parálisis por el sonido cada vez más cercano y apremiante de mis cazadores.

Aterrada desde la cabeza hasta los pies, obligué con todas las fuerzas de mi mente hacer que mi cuerpo recuperara el movimiento y en respuesta a mis esfuerzos eché a correr como alma que lleva el diablo, acto seguido escuché lo que más temía, sus pasos tras de mí, pues en el fondo de mi ingenuo corazón tenía la esperanza de que yo no fuera su presa, llegados a este punto y presa del pánico más absoluto, emprendí una huída descontrolada y sin rumbo, con el único objetivo de salvar la vida. Apartaba ramas sintiendo como me arañaban las manos, tropezaba, caía e inmediatamente me ponía en pie a la carrera otra vez haciendo caso omiso del dolor y las laceraciones. Solo en una ocasión miré hacia atrás y pude contar cinco lobos persiguiéndome y comprobar que la distancia se acortaba cada vez más. Los pulmones me ardían, jadeaba más que respiraba como un caballo al galope, pero no me detuve, el miedo y la adrenalina se habían adueñado de mi cuerpo y mente, así que corrí cono nunca antes lo había hecho, salté obstáculos con una determinación pasmosa y en ese caos de miedo y confusión aprendí que en el terror no tiene cabida la duda, sobre todo cuando es tu vida lo que está en juego.

Corrí como una desalmada, presa del más profundo terror a ser alcanzada por mis perseguidores, sin pensar, guiándome solo por mi instinto de supervivencia, seguí corriendo hacia adelante con todas las fuerzas de mi ser, ignorando el dolor, el fuego de mi pecho, el frío mordiendo mi piel y los dientes apretados, como si eso me diera más fuerzas. Entonces llegué a un claro del bosque donde sólo tenía dos opciones: Detenerme y retroceder o seguir y caer al abismo.

Me detuve jadeante a dos pasos del acantilado, tan profundo que su final me pareció tan siniestro como el mismo averno, me giré rápidamente y me encaré con las cinco fieras que yacían quietas frente a mí, con los colmillos asomando, cayéndoles una baba espesa de las comisuras de los hocicos, gruñendo con las cabezas bajas y las garras bien arraigadas en la nieve. Sus ojos ambarinos relucían como piedras preciosas, y por irónico y espeluznante que parezca, una parte de mí los encontró hermosos. La luna tras de mí salpicaba de luz sus pelajes negros y plateaos, les daba brillo a sus grandes y afilados colmillos y hacía brillar la nieve derretida en sus pelajes como gotas de rocío.

Es mi fin, pensé. Y contra toda lógica el hecho de reconocerlo y resignarme a ese hecho fue, en cierta medida, un alivio. Mi cuerpo ahora quieto y desprovisto del terror inicial, me dolía como si me hubiesen dado una paliza en una callejuela de mala muerte por no pagar una deuda a un prestamista. Mi respiración antes agitada se convirtió en un jadeo entrecortado que se iba suavizando a cada segundo que pasaba y la certeza de mi muerte próxima hizo que mi cuerpo empezara a tiritar, mis dientes a castañear y mis lágrimas a brotar solas, sentí como resbalaban cálidas por mis gélidas mejillas y desembocaban en mis labios con regusto salado.

Los miraba en silencio, con la visión algo borrosa y los nervios a flor de piel, desde mi altura con mi propia sombra delante de mí, alargada y extraña saliendo de las suelas de mis zapatos y llegando casi hasta sus patas. Uno de ellos dio un paso al frente, me arrodillé despacio, esperando lo inevitable, vi como otro se unía al primero, mientras sus gruñidos aumentaban dando más contundencia a la amenaza. Cerré los ojos y esperé sentir sus colmillos clavándose en mis ropas y en mi carne, me preparé para el dolor y la agonía, apreté los dientes y respirando más profusamente, cerré con más fuerzas aún, los ojos y escuché el sonido inconfundible de sus patas en la nieve y sus gruñidos cuando se abalanzaron a la carrera... y entonces ...

Entonces sentí un leve roce cálido acompañado por una ráfaga de viento momentánea a mi alrededor, oí un aullido que decrecía tras de mí... ¿El acantilado? Me pregunté confusa. Temblando aún, pese a mis esfuerzos, abrí lentamente los ojos para enfrentarme a los suyos, que miraban fijamente con la amenaza de la muerte en sus pupilas y su furia en los colmillos. No me atrevía a darme la vuelta y comprobar mirando al acantilado mis sospechas, que los dos lobos habían pasado junto a mí, rozándome cuando se abalanzaron al vacío.

Devolviéndoles la mirada con mis ojos desorbitados por tan inexplicable acto, con la boca entreabierta, arrodillada, tiritando y abrazándome a mí misma, pregunté entre sollozos y en un susurro apenas audible: ¿Por qué?... ¿Por qué?... 

Tras mi pregunta la posición de los tres depredadores que quedaban pasó de amenazante ataque a sencilla y natural posición relajada. El aumento de mi desconcierto rivalizaba con el de mi miedo y mi cobardía, la curiosidad , eterna desdicha de toda fémina, empezaba a anidar en mi cabeza pensamientos y preguntas.

Uno de ellos caminó hacia mí, haciendo que mis pensamientos y mi corazón se detuvieran por un segundo, me aferré a mí misma, clavando mis uñas en el abrigo con más fuerza aún, más por un acto reflejo que por miedo, pues su postura no parecía amenazante. Se acercó despacio a mí, con paso tranquilo y manteniendo contacto visual en todo momento, hasta que su hocico quedo a dos palmos de mi boca, a pesar de ello y a fuerza de voluntad no retrocedí en señal no de valentía, sino de hacerle comprender que ya conocía mi lugar en esta situación.

Se quedó quieto manteniendo mi mirada y yo hice lo mismo e intenté no gritar. Contemplé la luna llena en el iris color ámbar de sus ojos, sentí el calor de su cuerpo y su gran envergadura que no había notado hasta ahora, olí la humedad de su pelaje y el de la tierra húmeda de sus patas y sentí la calidez de su respiración tranquila en mi rostro. Sus ojos escrutaban los míos, como si aquella criatura quisiera decirme algo pero carecía de la forma de hacerlo y yo me sentía demasiado conmocionada para articular palabra alguna... Me sentía hechizada por su belleza y por un instante, leve, pero maravilloso, sentí paz.

De repente dio dos veloces pasos hacia mí y ambos caímos abrazados hacia el vacío. Mi grito de terror resonó en toda su plenitud, descargando en él todo el miedo, dolor y frustración que había estado reprimiendo, me abracé a mi verdugo, pegándome a su cuerpo cálido y me aferré a su pelaje suave y húmedo con todas mis fuerzas, sintiendo la ingravidez de nuestros cuerpos cayendo, entrelazados como amantes, pensando que iba a morir y mi última visión sería la luna llena en el cielo nocturno y entonces... Entonces...

Entonces, me desperté. Un frío sudor cubría mi frente, mis manos estaban aferradas a la alfombra y el fuego en la chimenea estaba casi extinto. Seguí  tumbada un poco más, intentado asimilar que todo había sido una pesadilla. Pasaron unos minutos y me levanté despacio, me dolía todo el cuerpo y me sentía entumecida y mareada. Me desperecé, estirando bien los brazos y piernas. Decidí prepararme una taza de chocolate caliente, mientras iba de camino hacia la cocina, miré hacia la puerta y vi mi abrigo colgado en ella, las llaves en la mesilla y las botas en el suelo, pero no quise prestarle más atención.

Preparada mi taza de chocolate, avivé el fuego y me senté en un sillón a disfrutarla y a reflexionar sobre tan extraño sueño. Sin darme cuenta, perdida en mis cavilaciones, ya me había tomado todo el chocolate y el fuego empezaba otra vez a menguar, añadí otro tronco removiéndolo con ayuda del atizador, llevé la taza a la cocina y sin motivo ni predeterminación miré por la ventana.

El estruendo de la taza de cerámica rompiéndose contra el suelo de madera de la cocina, silenció por un momento los gemidos de mi acelerada respiración y los rápidos latidos de mi corazón. A través de la ventana vi como en la nieve se dibujaban bajo la luz de la luna llena, unas pisadas que empezaban al pie del porche de la cabaña hasta la linde del bosque. Me quedé atónita, sin argumentos a las preguntas que empezaban a formarse en mis pensamientos, hasta que oí a lo lejos un aullido largo, casi como un lamento, pero esta vez supe que no iba dirigido a la luna llena.




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