EL ASESINO DEL POEMA
¡Hijo de puta! – exclamó Symon, mientras daba golpes a diestro y siniestro a todos los objetos que se cruzaban en su campo visual de su apartamento, encolerizado, mientras escuchaba todavía las declaraciones de la policía en la televisión - ¿Cómo se atreve? – mascullaba entre dientes - ¿Cómo no se han dado cuenta de que es un vulgar imitador?
Se volvió a sentar nervioso en el sofá, frente a la televisión, escuchó lleno de rabia como el agente criminalista Arjona, declaraba ante los medios, con cara de satisfacción, haber apresado al asesino del poema. Symon apagó el aparato, con los dientes apretados y pensando en cómo demostrarle a ese poli del tres al cuarto, que había cometido el mayor error de su vida.
Se levantó furioso, cogió las llaves que estaban sobre la mesilla de la entrada y salió dando un portazo. Ya en la calle, se subió al coche y acelerando se incorporó a la carretera. Pese a su ira, condujo despacio, para no ser captado por los sensores y cámaras, de exceso de velocidad. Aparcó en una calle lateral que le proporcionaba un ángulo desde donde podía ver, con claridad, la entrada de la sede de la policía criminalista. Miró el reloj digital de la guantera, las once y media de la noche. Repasó mentalmente el contenido de su maletero, por si acaso le hiciera falta alguna cosa más, para llevar a cabo su plan, concluyó que no y se acomodó en el asiento bajando un poco la cabeza, pero, sin quitarle la vista a la entrada del edificio.
Después de dos horas de rabia contenida, pensamientos macabros y tediosa espera, vio salir al agente Arjona. Observó cómo se subía la cremallera de la sudadera, mientras se dirigía a su propio coche, aparcado es la misma calle que él, pero, al otro lado de la carretera que la cruzaba. Miró con atención la insignia, grande y clara, del cuerpo de policía criminal, plasmada en el dorso de la sudadera y una nueva oleada de rabia lo inundó de pies a cabeza. Cuando el poli arrancó, él hizo lo mismo, esperó a que se incorporara al tráfico y comenzó a seguirlo, tenía que saber donde vivía ese cabrón.
Lo siguió con la cautela de no ser descubierto durante media hora, hasta llegar a una zona residencial de apartamentos adosados. Aparcó unos cincuenta metros detrás de él sin salir del vehículo, observando, sin perder detalle, como el agente salía del coche y caminaba en dirección a las puertas de una de las hileras de apartamentos. Finalmente, vio como se paraba frente al número treinta y dos, observó como metía la llave en la cerradura de la puerta y entraba en la vivienda, cerrándola tras él. Enseguida vio como se encendían las luces y se recortaba su silueta, en un ir y venir, a través de unas cortinas traslúcidas que cubrían las ventanas.
Salió del coche y cerró la puerta despacio y mirando las ventanas del resto de apartamentos y la calle, se dirigió al maletero. Lo abrió y sin dejar de echar miradas de soslayo a los alrededores, se enfundó dos guantes de cuero negro en las manos, sintiendo la fricción del material, se encasquetó una gorra azul marino en la cabeza bajando la visera hasta casi las cejas y cogiendo una bolsa negra de deporte con el eslogan de un gimnasio de la otra punta de la ciudad, lo cerró procurando no hacer ruido. Echó una última mirada a su alrededor y se dirigió hacia el apartamento caminando sin prisa, pero, sin pausa.
Cuando llegó a la altura del número treinta y dos, volvió a asegurarse de no estar siendo observado por nadie, entonces pegó la espalda a la pared justo al borde lateral de una de las ventanas y con precaución, lentamente, movió la cabeza escudriñándola con la mirada, con la esperanza de encontrar una rendija entre las cortinas, que le permitiera echar una ojeada al interior y la posibilidad de que la ventana estuviese abierta y pudiera entrar por ella.
Dios quiere que haga esto, pensó, cuando comprobó que, efectivamente, la ventana estaba sin el pestillo echado y se podía ver, en el interior, una sala de estar y parte de un pasillo que daba a la puerta del cuarto de baño, donde observó al tal Arjona de espaldas quitándose la camisa. No vio señal alguna de que hubiera nadie más en la casa.
Esperó paciente, con precaución, mirando de vez en cuando la calle y las demás ventanas y puertas, hasta que el tipo cerró la puerta del cuarto de baño. Ésa era la oportunidad que estaba esperando, echó una última ojeada a los demás apartamentos y abrió la ventana despacio, procurando no hacer ruido, colándose dentro y agachándose al instante.
Oyendo el agua de la ducha correr, colocó la bolsa negra en el suelo y abriendo lentamente la cremallera, sacó una pistola con silenciador y un rollo de cinta aislante que metió en uno de los bolsillos de su abrigo. Sin erguirse del todo, observó el interior del apartamento con detenimiento, buscando el arma del policía, pero no estaba a simple vista y no tenía tiempo de buscarla y asegurarse de que el tipo no tratara de hacerse con ella, en un intento desesperado de defenderse.
Se encaminó con cautela y sigilo, sin rozar ningún mueble, hacia el pasillo, controlando el ritmo de su respiración y de sus pasos. Observó la puerta abierta de una habitación, justo en frente, de la del cuarto de baño, pegando el hombro a la pared y asiendo el arma con ambas manos, apuntando al suelo, echó una ojeada rápida al interior, para asegurarse de que estuviera vacía. Comprobando que tenía razón y que el tipo vivía solo, dio unos pasos más pasando por delante de ambas puertas, llegando hasta el final del pequeño pasillo.
Después de comprobar que el apartamento no tenía más estancias se dio la vuelta, lentamente, y se apoyó en la pared a medio metro del bastidor de la puerta del cuarto de baño, quedándose inmóvil, paciente y frío, con la mirada fija, agudizando el oído, a la espera de escuchar el cierre del grifo y cualquier otro sonido que le llegase, del otro lado de la puerta.
Muchos asesinos de poca monta, vulgares, ignorantes y sin respeto por la profesión, pensó, habrían esperado a la madrugada y a que el poli estuviese dormido, reduciendo así las posibilidades de ser visto, pero, él no era cualquier asesino, él era un profesional, un artista… un poeta. Él sabía que casi todo el mundo con alarmas en sus casas, las activaban antes de acostarse a dormir, también sabía que cualquier individuo entrenado para ser policía o militar, tenía el sueño más ligero que el resto de la gente, debido al desarrollo de sus sentidos perceptivos durante su adiestramiento, por lo que intentar entrar en la casa de madrugada, cuando todo yace en silencio y el más leve sonido puede ser escuchado, era arriesgarse a ser descubierto al más mínimo ruido, sería casi un suicidio, si se tenía en cuenta de que estábamos hablando de personas entrenadas para defenderse y matar si era necesario. Gracias a Dios, él era mucho más inteligente que el tipejo al que habían arrestado y que había usurpado su reputación y su impecable obra maestra, con una burda imitación.
Había matado a mucha gente a lo largo de su vida, algunas por dinero y a otras por necesidad o placer. Esta vez en cambio lo haría por venganza, una nueva sensación, que le estaba provocando una sensación de satisfacción muy agradable. Contuvo un suspiro de placer, al mismo tiempo que oía como el agua dejaba de correr y las últimas gotas caían en la porcelana de la ducha. Levantó despacio los brazos, estirándolos y apuntando el arma a la altura de la barbilla, escuchó el sonido de la cortina de baño, al ser descorrida, imaginó los movimientos del poli saliendo de la ducha y envolviendo su cintura con una toalla, su cuerpo se tensó cuando sintió que se acercaba a la puerta, contuvo el aliento mientras veía como empezaba a girar el picaporte, acto seguido la puerta se abrió y antes de que el tipo se diera cuenta ya había pegado el cañón de la pistola a su cabeza.
Ni una palabra – dijo con voz ronca y segura.
Arjona, se quedó quieto, levantando las manos instintivamente, mirando hacia donde estaba él todo lo que sus ojos le permitían ver sin girar la cabeza, con el pelo encrespado y húmedo, mientras algunas gotas de agua, aún surcaban, la piel desnuda de su cuerpo.
Date la vuelta, mirando al frente y con las manos donde pueda verlas. – Le ordenó sin apartar la pistola. Arjona obedeció, girándose lentamente.
Eh… Escucha… - balbuceó el poli.
He dicho que ni una palabra – dijo Symon despacio y fríamente, apretando más fuerte el cañón del arma a la parte posterior de la cabeza. Oyó como el poli tragaba saliva y observó un leve temblor en sus manos. Buena señal, pensó, sonriendo a medias.
Pon despacio las manos en la nuca – Arjona levantó los brazos y entrelazó los dedos tras la cabeza despacio. El temblor de sus manos parecía acentuarse, Symon se sentía cada vez mejor en aquella situación, se sentía poderoso.
Sin dejar de encañonarlo, sostuvo el arma con una sola mano, mientras la otra la metía en el bolsillo del abrigo para sacar la cinta aislante. Llevándosela a la boca, sujetó el extremo de la cinta con los dientes, halando hasta desenrollarla lo suficiente como para, con una sola mano, envolver, sin aminorar la presión del arma y tirando del rollo, la cabeza de Arjona, tapándole la boca al mismo tiempo que mantenía sus manos pegadas a la nuca, inmovilizándolas y asegurándose de que no pudiera desasirse de ella. Cortando la cinta con los dientes, volvió a guardarla en el bolsillo.
Camina despacio hasta la habitación – El tipo caminó con pasos inseguros, seguido por él, apagando las luces nada más cruzar el umbral, hasta el centro de la habitación - Túmbate boca arriba en la cama con las piernas separadas – le ordenó.
Arjona se sentó al borde de la cama e impulsándose hacia atrás hizo lo que le había dicho. Symon sacó otra vez la cinta aislante y sin dejar de apuntarlo con la pistola, hizo la misma operación, halando del rollo de cinta envolviendo un tobillo y estirando la cinta hasta una de las patas de la cama, pasándola alrededor y cortando el extremo con los dientes, repitió la operación con el otro pie hasta que comprobó que no podría soltarse. Dejando la pistola, sobre una cómoda vieja, junto a un portarretrato con una foto de Arjona sonriendo vestido de uniforme, mucho más joven que ahora, pasó la cinta por un lado del cabezal de la cama y desenrollándola la pasó alrededor del cuello del poli un par de veces para terminar pasándola por el otro extremo del cabezal, quedando el hombre, absoluta y totalmente inmovilizado, de pies a cabeza sobre la cama.
Orgulloso y satisfecho de su trabajo, Symon caminó hasta la ventana y aseguró que la ventana y las cortinas estuvieran bien cerradas, acto seguido, cogió el arma y con la cinta aún en la mano fue hasta la entrada, cogió la bolsa que había traído y metiendo la cinta, fue hasta el pasillo y apagó la luz del cuarto de baño, después, volvió a entrar en la habitación, dejando la bolsa abierta y la pistola encima de la cómoda.
Sacó una vela y poniéndola encima de una mesa de noche junto a la cama, la encendió con un zippo decorado con la cabeza de un tigre en relieve de nácar, que miró unos segundos con una sonrisa extraña y lunática, antes de metérselo en uno de los bolsillos del pantalón. Volvió a la bolsa y sacó unas tijeras, se acercó a la cama y cortó los extremos de cinta que había cortado con los dientes, metiéndolos en el bolso junto a las tijeras.
Arjona observaba todos sus movimientos, ágiles y meticulosos, con ojos desorbitados y respirando profusamente, Symon lo miró con una expresión de desprecio y frialdad, cuando vio como el líquido amarillento y el olor de la orina iba empapando las sábanas bajo la entrepierna del poli.
Ignorando el asco y la repulsión que el tipejo le causaba, sacó una jeringuilla con un compuesto transparente y un escarpelo del bolso. Dejando el escarpelo encima de la mesilla de noche junto a la vela, le quitó la funda de plástico a la aguja de la jeringuilla y se sentó de lado en el borde de la cama a la altura del torso desnudo y peludo de Arjona. El hombre empezó a emitir pequeños gruñidos de pánico al verlo, removiéndose como un escarabajo clavado a la tierra por un alfiler, pero, él le clavó sin miramientos la aguja en el cuello y le inyectó el líquido, pronto los movimientos fueron disminuyendo hasta convertirse en pequeños espasmos en la zona de los pies.
Esto te mantendrá quietecito, pero sentirás todo lo que voy a hacerte. Serás consciente del dolor, pero no tendrás fuerzas ni para gruñir y poco a poco… – le dijo sonriendo y arrastrando las palabras - … tus funciones vitales irán parándose, muy lentamente, hasta que… mueras – lo miró con sorna - ¿No es maravilloso? – Observó como los ojos de aquella basura se humedecían pidiendo piedad. Suspiró satisfecho… Lleno de placer.
Cogió la caperuza plástica de la mesa de noche y volvió a enfundar la aguja de la jeringuilla, guardándosela en el bolsillo, luego tomó el escarpelo y le quitó la funda con un brillo de excitación en los ojos, mientras observaba el resplandor de la vela en la afilada arma y recitando el poema una y otra vez, comenzó a escribirlo con el escarpelo en el pecho del policía.
Despacio. Saboreando la sangre de todas y cada una de las incisiones, cortando y deslizando el escarpelo, con deleite, a lo largo de la piel blanca y dura del torso desnudo y terso de Arjona. Quién sufría en silencio, sintiendo el odio, la impotencia, el miedo y la rabia, hacia aquel maníaco homicida, preguntándose dónde estuvo el error, al mismo tiempo que sentía el dolor de su tortura cortándolo, mientras lo oía recitar, una y otra vez, ese maldito poema, culpable de noches enteras en vela llenas de trabajo y pesadillas, clavándose cada maldita palabra en su mente, sintiendo como su cuerpo se moría…
Tigre… tigre…
Fuego deslumbrante,
en las selvas de la noche.
¿Qué ojo inmortal?
¿Qué mano pudo trazar,
tu terrible simetría?
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