EL ESPEJO

La primera vez ocurrió en el trabajo, era martes y el reloj marcaba las once y cuarto de la mañana, estaba mecanografiando una circular cuando la escuché (Ven a mí). Tres simples palabras con voz masculina que resonaron en mi cabeza. Mis dedos quedaron suspendidos y quietos sobre el teclado, miré a mí alrededor y aunque no podía ver a mis compañeros por los paneles que dividían nuestros habitáculos de trabajo, oía los pequeños y cotidianos ruidos de la oficina. No le di más importancia y seguí con mi labor.

La segunda vez sucedió dos días después en la sala de estar de mi casa. Eran las diez y media de la noche y leía un libro de Danielle Steel, cuando la seductora voz volvió a irrumpir en mis pensamientos (Ven al umbral ¡Ayúdame!). Esta vez me quedé atónita por la apremiante súplica de su voz. Dejé el libro sobre la mesilla, me quité las lentes y me quedé esperando oírla otra vez. Tras unos minutos infructuosos fui hasta mi alcoba y me acosté, aunque fui incapaz de conciliar el sueño preguntándome si me estaba volviendo loca. Con estas cuestiones y ya entrada la madrugada finalmente me dormí.

Era viernes y me sentía feliz de camino a casa conduciendo mi viejo Opel Corsa blanco, había acabado la jornada laboral y tenía todo el fin de semana por delante para disfrutar de momentos de ocio y descanso. Giré a la derecha y me detuve en un semáforo y empecé a pensar en lo que haría al llegar a casa. Perdida en mis propios pensamientos, esperando, mirando de vez en cuando a que el semáforo cambiara a verde y con los ruidos de la calle amortiguados por mis ventanillas cerradas, la oí otra vez (¡Por favor! ¡Ayúdame! ¡Ven a mí!)

Mis manos se aferraron por instinto más fuerte al volante, miré otra vez nerviosa el semáforo y sentí como mi frente empezaba a perlarse de sudor. Cogí un pañuelito de papel  de la guantera y me retoqué la cara con cuidado de no estropearme el maquillaje, (¡Ayúdame!) La pierna izquierda empezó a temblarme levemente. Puse la radio (¡Ven al umbral!), subí el volumen e intenté concentrarme en la música y desechar cualquier pensamiento (¡Date prisa! ¡Ven! ¡Corre!) Mis nervios empezaban a crisparme y el miedo crecía por segundo, aún así seguí intentando ignorarla y tranquilizarme, me quería auto convencer que era todo por el estrés acumulado en las últimas semanas (¡Ya vienen! ¡Ven! ¡Sálvame por favor! ¡Por favor!)

Subí aún más el volumen y canté con voz trémula la canción que sonaba en la radio en ese momento “Carry you home” de James Blunt (¡Por favor! ¡Por favor!)

-          A song…for you heart… (¡Sálvame!) …but when it is quiet… (¡Por favor ve al umbral!)… I know what it means… (¡Escúchame!)… and i’ll Carry you home… (¡Tienes que ir al umbral!)… I’ll Carry you home…

El semáforo por fin cambió de color, metí la primera marcha, solté el embrague pisé el acelerador y me incorporé a la autovía rumbo a casa, (¡Ven a mí!) aceleré un poco más de lo habitual inconscientemente (¡Te lo suplico! ¡Ve hacia el umbral y sálvame!), giré a la izquierda, subí por mi calle (¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!), y metí el coche en el garaje (¡Por favor!).

Corrí todo lo deprisa que pude hasta llegar a la puerta de mi casa (¡Por favor! ¡Te necesito!), saqué las llaves del bolso (¡Voy a morir aquí!), temblando y de milagro conseguí meter la llave, girar y abrir la cerradura (¡Sálvame! ¡Eres la única que puede ayudarme!), cerré la puerta tras de mí y apoyándome en ella me dejé caer hasta quedarme sentada en el suelo (¡Ve al umbral!), me tapé los oídos con ambas manos (¡Tienes que ayudarme!¡Por favor!), apreté los dientes hasta que me chirriaron (¡Se que están cerca!¡Sácame de aquí por favor!) y finalmente grité:

-      ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Seas quien seas, seas lo que seas. !Cállate!

(Ven al umbral)

-       ¡¿Quién demonios eres?! ¡¿De qué umbral y de qué mierda me estás hablando?! ¡¿Y cómo diablos quieres que te salve?!

El silencio de la casa me respondió con la excepción de mi agitada respiración y los fuertes latidos de mi corazón. Quité las manos de mis oídos rompí a llorar con cálidas y abundantes lágrimas, con el cuerpo lánguido y cansado. Apoyada aún en la puerta, sentada en el suelo con una mano sujetando el bolso en mi regazo y la otra en el suelo junto a las llaves, lloré desahogando toda la frustración que sentía y mis llantos desgarradores llenaron el silencio.

Varios minutos después, con pequeños espasmos aún, pero más calmada y también, en cierta forma aliviada, me levanté despacio y fui hasta el cuarto de baño. La claridad de la luz al encenderla, me cegó por unos instantes. Observé en el espejo mi rostro triste con los ojos hinchados y surcado de manchurrones oscuros de rímel. Cogí varias toallitas desmaquilladoras y me limpié la cara hasta que sólo me quedó la hinchazón de los ojos y la rojez de mi nariz. Abrí el grifo y tomé agua entre las manos para lavarme la cara.

(El umbral está aquí)

El susto me hizo retroceder, salpicando todo de agua, hasta quedarme pegada a la fría pared de azulejos con los brazos extendidos, mirando a todas partes despavorida y con el pecho subiendo y bajando en un vaivén por la repentina aceleración de mi respiración y mi pulso. Todo mi cuerpo temblaba.

Tenía miedo ¡Oh, sí! Un miedo atroz, pero no podía consentir continuar así, en cuatro días esa voz casi me había vuelto loca y no iba a permitir que eso sucediera. No señor, de ningún modo. Decidí afrontar la situación y averiguar que estaba pasándome.

-      ¿Quién eres?

Me respondió el más absoluto silencio. Comencé a sentir un sudor frío recorrer mi espalda desde la nuca hasta el coxis, respiré profundamente y volví a preguntar.

-     ¿Quién o qué er…?  (¡No hay tiempo para eso! Debes cruzar el umbral ahora) Me interrumpió la voz.

Otra vez con el maldito umbral de las narices, pensé. 

-       ¡¿Qué umbral?! - Grité exasperada.

Hubo un silencio de unos segundos que para mí se hicieron eternos y terroríficos, no oía sino los turbulentos pensamientos de mi cabeza y el latido de mi corazón en mis sienes.

(En el espejo) Dijo de repente.

Instintivamente y presa del pánico miré al frente y vi mi reflejo. Mis ojos estaban desorbitados, para ser sincera tenía la mirada de una demente, mi rostro estaba blanco como la cal de una pared y mi posición era defensiva con la espalda en la pared y aferrándome a los azulejos con las manos. Esa visión de mi misma, me resultó extraña, terrorífica y también patética. Parecía una típica escena de una película de terror de serie B. Y fue ese tonto pensamiento el que me ayudó a recobrar mi valor y el culpable de lo que se desencadenó después. De no ser así, simplemente hubiera salido corriendo y me habría ido unos días a casa de mi madre, pero, el hecho fue que dejé de aferrarme a la pared y sin quitarle el ojo al espejo, estiré la mano y cogí la escobilla. 

Me acerqué despacio, con precaución, pues llegados a este punto, no me hubiese sorprendido que mi reflejo en el espejo cobrara vida propia o que de repente saliera algo de él, de ser así haría añicos el espejo o me cargaría lo que quiera que saliera de él a base de golpes.

Me detuve a un metro más o menos de distancia, con el lavamanos entre medio de los dos. Mi posición claramente era defensiva y me alegró descubrir que el miedo que sentía en mi interior no se reflejara en mi cara. Mi cuerpo había dejado de temblar y me sentí valiente de continuar donde lo habíamos dejado.

-     ¿Qué hago ahora? – pregunté y una vez más me respondió aquel siniestro silencio. En las últimas horas no estabas tan callado ¡Cabrón!, pensé llena de rabia.

Pasaron, no sé, ¿segundos? ¿Minutos? Mi sentido del tiempo se había ido al traste junto con mis nervios y mi cordura, hasta que se dignó a contestar.

(Espera) – susurró.

-    ¿Qué espere? -  Me quedé en treinta y tres ante semejante respuesta - ¿Qué espere a qué? ¿A que salga algo demoníaco de ahí y me ataque? - Cavilé frenética -  ¿A que empiece a salir sangre a borbotones del sumidero del lavamanos? ¿O a qué se dibujase algún mensaje espeluznante en el espejo? ¡Joder, con la vocecita de las narices!  

Empuñé con más firmeza el mango de mi arma provisional ¿Y para qué engañarnos? La más ridícula que se podría encontrar en un cuarto de baño.

De repente empezó a suceder algo extraño en el espejo y me coloqué en posición de ataque con todos mis sentidos alerta.

Mi reflejo se iba difuminando dando paso a una especie de bruma luminosa y azulina, sentí frío en el rostro y olía a humedad, concretamente a tierra mojada.

-     ¿Qué diablos es esto? – susurré.

La visión era como la que se tiene al mirar por una ventanilla de avión en un viaje nocturno de luna llena, con la diferencia de que no había cristal de por medio, era más grande que una ventanilla y muchísimo más acojonante. Mi cuerpo empezó a temblar levemente otra vez, la bravuconería también se había esfumado junto con mi reflejo, pero no el valor. Retrocedí un paso, separé las piernas, bajé un poco la cabeza, apreté los dientes y aferré el mango de madera sintiendo su aspereza tan fuerte que sentí dolor en las palmas de las manos y respirando profusamente me preparé para cualquier cosa que surgiera de aquella bruma densa y azulina.

(¡Entra!)

La súbita voz me hizo dar tal respingo que me llevó a soltar un grito y elevar mis brazos dispuesta a golpear a lo que fuese que se moviera. Pero nada se movió. Bajé despacio los brazos, con el corazón aún desbocado en mi pecho y las manos temblando por el subidón de adrenalina mientras asimilaba las palabras. 

-   ¿Eh…?... ¿Entrar?... – pregunté sintiéndome burlada y estúpida a medida que regresaba el silencio otra vez. Exasperada volví a preguntar.

-     ¿Entrar por dónde? ¿Y hacia dónde?

(Hacia mi mundo. Hacia mí)

-     ¿Por el espejo? 

(Ahora es un umbral y debes cruzarlo ¡Deprisa!)

-      No…no…no...- Repetí en un balbuceo casi infantil.

(¡Por favor! ¡Rápido! ¡Se nos acaba el tiempo!)

-      No… (¡Te lo suplico!)… No puedo… (¡Sálvame!)… No entiendo lo que está pasando… (¡Por favor!)…  Yo… yo…

Los argumentos y todos los motivos además de sus constantes y apremiantes palabras de auxilio se agolpaban en mi cabeza enredándose de tal forma que era incapaz de hablar con más coherencia, además el miedo que atenazaba mis sentidos… Finalmente estallé en cólera.

-    ¡Vale! ¡Vale! – grité - ¡Pero cállate ya o me volveré loca! – Y su voz salió de mi cabeza a Dios gracias y mis pensamientos volvieron a ser solo míos.

Me acerqué al espejo, bueno llegados hasta este punto, el umbral - ¿Qué demonios? - Acerqué la escobilla y la metí entre la bruma, que por un momento osciló en pequeños destellos blancos y azules.

-  Joder… - Susurré, arrastrando la palabra y observando la escobilla que salió intacta.

Metí la mano aterrada de que algo me cogiera y tirara de mí, pero no fue así, sólo sentí aire, frío y humedad, como si la estuviera sacando por una ventana en pleno invierno.

-          No puedo creer que esté haciendo esto – dije mientras sacaba la mano de la bruma y me subía al lavamanos - ¡Dios mío! ¡Dios mío, no me abandones! – Apoyé bien los pies y respiré profundamente - ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! – Susurraba en una letanía y con ella y haciendo acopio del valor que me quedaba metí la cabeza y los hombros en la bruma e impulsándome con las manos y los pies, pasé al otro lado.

La letanía en mi cabeza de súplicas a un Dios del que a veces dudaba, seguía en mi cabeza cuando abrí los ojos y me encontré tirada boca abajo en la tierra nevada, levanté la cabeza y vi árboles desnudos que parecían estériles y una bruma blanquecina con destellos azules que lo envolvía todo a mi alrededor. Me incorporé despacio, hacía frío y olía la humedad.

(¡Por aquí!) - La voz me sobresaltó y casi me caigo del susto.

-    ¡¿Por dónde?! ¡No veo nada más que niebla y árboles desnudos! – grité.

(¡A tu derecha! ¡Date prisa! ¡No tenemos mucho tiempo!)

Me giré hacia la derecha e intenté caminar recto y deprisa, claro que sin un punto de referencia era casi imposible. Temerosa de que algo desconocido, el cual posiblemente en este mundo tendría un nombre, pero, que en mi mundo se llamaría sencillamente monstruo, apareciera por haber llamado su atención, me contuve de gritar pidiendo más indicaciones y a correr lo más rápido que podía sin bajar la guardia por si algo se movía a mi alrededor y mirando de vez en cuando hacia atrás. Cavilé la forma de comunicarme con él sin necesidad de gritar y se me ocurrió que ya que él estaba en mi mente, quizás un susurro le bastaba para oírme, pensé y proseguí a intentarlo.

-     Dime, ¿voy bien? – susurré.

(¡Sí! ¡No te detengas! ¡Ya casi has llegado!) – Bien - me dije a mi misma - Ha funcionado.

Lo poco que la niebla me dejaba entrever era más de lo mismo, árboles carentes de vida con ramas peladas y retorcidas, rocas y nieve. De repente divisé a lo lejos una forma inmóvil, chata y oscura a unos quince metros de mí calculé, me detuve instintivamente asustada, el miedo y las dudas empezaron a adueñarse del poco valor que me quedaba y mi único deseo era correr y volver por donde había venido, pero, no me dio tiempo de pensar en nada más, la voz imperiosa y apremiante como siempre me gritó:

(¡¡Muévete!! ¡No tengas miedo es un maldito pozo y yo estoy dentro! ¡Así que, por lo que más quieras, corre y sácame de aquí! ¡Los puedo sentir, ya vienen!)

-     ¿Quiénes?- pregunté, recuperándome del shock y ya a la carrera hacia el pozo.

(Los depredadores) – contestó. No sé si fue el tono de odio de su voz o el significado que para mí tenía un depredador, pero sentí un escalofrío que sacudió cada hueso de mi cuerpo.

-     ¿Qué…?

No hay tiempo para preguntas ni explicaciones ahora! ¡Corre y cuando llegues al pozo busca una cuerda que debe estar tirada por el suelo! ¡Átala a algún árbol o roca que veas resistente y tírame el otro extremo para que pueda subir!)

-   Vale… Vale… Espera un poco más, ya estoy llegando – dije entre dientes. ¿Qué locura estoy haciendo?, me pregunté. ¿Por qué yo? ¿En serio esto es real? ¡Joder! Me he vuelto loca y no me he dado ni cuenta porque esto no puede estar pasando.

Entre jadeos y tos llegué al pozo y asomé la cabeza, pero no vi más que oscuridad.

-      ¿Estás ahí? – pregunté.

-      ¡Sí! ¡Pero date prisa y haz lo que te dije! ¡Busca la cuerda! - Era algo extraño, pensé, su voz esta vez no resonó en mi cabeza, sino que la percibí con los oídos como es lo normal y aunque sonaba un tanto distorsionada por las paredes del pozo, en efecto era la misma voz apremiante y viril.

-      ¡Voy! – contesté y concentré mis pensamientos y mi vista para ver más allá de la fatídica bruma y en escarbar en la nieve para buscar la dichosa cuerda.

-      ¡Date prisa!

-       ¡Ya voy!... ¡La estoy…! ¡La encontré! – dije tirando de ella.

La cuerda era gruesa, trenzada, áspera y muy pesada, miré a mi alrededor buscando algo a lo que atarla. Vi un árbol que me pareció bastante resistente y comencé a rodearlo y hacer numerosos nudos.

-       ¡¿Cómo vas?!

-       ¡La estoy atando! ¡Aguanta un poco más!

Corrí con el resto de la cuerda hasta el pozo y gritando - ¡Allá va! – la tiré dentro. Se oyó un ruido sordo al caer, después se oyeron jadeos ruidos de movimientos y observé como la cuerda se tensaba. 

Él estaba subiendo. 

Desde que había entrado a este mundo alternativo, paralelo o lo que fuese, me pregunté por primera vez con auténtico pavor, ¿Qué clase de criatura sería lo que estaba a punto de salir de allí? ¿A qué extraño ser había salvado, aún a riesgo de que me diera un colapso por el miedo que había pasado hasta ahora? ¿Por qué diablos no me había dado cuenta antes de que aunque su voz sonara humana, quizás él no lo fuera? ¡Imbécil!

Me alejé unos pasos del pozo, ¿En qué diablos estaba pensado por el amor de Dios cuando accedí a semejante locura? Sin darme cuenta con su voz y sus súplicas palabras me había arrastrado hasta allí para que lo salvara sin darme explicaciones ni dejarme cuestionar nada. Y yo como una idiota, ingenua y estúpida había hecho todo cuanto me había pedido.

¿Y si era un ser malvado y por eso lo habían metido allí? 

- ¡Oh, Dios! - Susurré.

Pero quizás estaba equivocada y realmente era una criatura buena y en apuros y yo había hecho lo correctos entonces ¿No? - ¡Maldita sea! - Ya no sabía qué pensar.

Mis cavilaciones terminaron cuando vi asomarse una mano que se aferraba al filo del pozo, con forma humana - ¡Menos mal! - me dije.

-    ¡En…!... ¿Sigues ahí?... – Preguntó, pero no me atrevía a contestar. Estaba aterrada.

-    ¡Si estás ahí, acércate y ayúdame a salir! – Dudé, pensé en huir, pero no sabía hacía donde dirigirme. Estaba desorientada, al dar vueltas al pozo buscando la cuerda, perdí la dirección que me había llevado hasta allí y con toda la nieve removida…

-     ¡Se que estás ahí! ¡¿Me vas a ayudar o no?! – No me queda otra, pensé.

-      ¡Sí! ¡Estoy aquí!

-      ¡Pues ayúdame, mujer! ¿A qué esperas?

-       Solo… Solo si jura no hacerme daño y me ayuda a llegar a mi casa otra vez.

-    ¡Qué sí!... ¡Pero ayúdame, que estoy agotado y me estoy resbalando! ¡Además ya no tenemos mucho tiempo! ¡Los destructores llegarán de un momento a otro! – Seguí dudando unos instantes más.

-       ¡Mierda! – exclamé, mientras me acercaba al pozo y asomaba la cabeza. Un hombre joven de ojos grandes, grises e intensos me devolvió la mirada segundos antes de que yo lo agarrara con ambas manos del antebrazo y cerrando los ojos y trincando los dientes, tirara de él con todas las fuerzas de la que fui capaz.

Ambos yacíamos en la nieve, él sentado apoyando la espalda contra el pozo, con los brazos a los costados y la cabeza hacia atrás respirando profusamente. Y yo arrodillada cerca de él, recuperando también el aliento, pero observándolo. Vestía unos jeans desgastados y una camiseta hecha jirones, dejando al descubierto pedazos de su piel blanquecina de su cuerpo atlético. Sus manos eran grandes, pero delicadas de dedos largos. Su rostro era pálido, de facciones armoniosas y masculinas, sus pestañas eran largas y plateadas como sus cejas finas y su pelo, que enmarcaba su cara en pequeños mechones para luego deslizarse por su espalda y sus hombros hasta esparcirse por el suelo. Observé su nuez de Adán cuando tragó saliva y los sonrosados labios entreabiertos.

- No – me dije a mi misma - Una criatura tan hermosa no puede ser humana, el hombre que tengo frente a mí posee una belleza sobrenatural, la misma que yo le atribuiría a un ángel.  Bueno, le faltarían las alas – pensé con sorna.

-    Gracias – dijo, mientras me miraba clavándome sus intensos ojos tan grises y profundos como los océanos.

-      De… De nada – balbuceé de repente cohibida.

-      Ya hemos descansado lo suficiente, ahora debemos apresurarnos – dijo, mientras se ponía en pie y tendía una de sus manos hacia mí para ayudarme a incorporarme. El tacto de su mano era frío, pero suave, delicado y firme al mismo tiempo.

-     Sígueme – me espetó y comenzó a caminar a paso ligero mientras seguía hablando – No tenemos mucho tiempo.

-    ¿Los depredadores? – me atreví a preguntar angustiada, mientras lo seguía a la zaga observando cómo su melena larga se balanceaba al ritmo de sus pasos.

-      Sí…- dijo arrastrando la palabra – Esos malditos perros del diablo nunca duermen.

Tenía un millón de preguntas que hacerle pero me las callé y elegí la más conveniente a mi situación.

-       ¿A dónde me llevas?

-    De vuelta a tu casa, como acordamos. Además ya tenía decidido hacerlo desde el principio. Es tu hogar y a donde perteneces, aquí no estarías a salvo.

Para ser sincera esas palabras fueron más maravillosas que   cualquier cosa que pudiera haber dicho o hecho. Suspiré aliviada, mientras sorteaba árboles caídos y alguna que otra roca.

-     ¿Cómo te llamas? – me atreví a preguntar.

-     ¡Oh, lo siento! Lo sé, tienes un montón de preguntas que querrías hacerme, ¿verdad?

-      Sí, pero…

-    Pues no podemos charlar, lo siento. Debemos reservar nuestras energías por si alguno de esos perros nos alcanza. ¿De acuerdo?

-     Sí – musité desilusionada. La curiosidad se había unido al peligro. Una mala combinación y si no que se lo pregunten al gato – pensé con ironía.

-      ¡Vamos! ¡Corre! Ya estamos muy cerca puedo sentirlo.

Corrimos hasta detenernos frente a una especie de ventana a ras del suelo en mitad de la bruma, desde donde se podía ver mi cuarto de baño. Me quedé atónita y me sentí estúpida, porque cuando crucé el umbral no se me ocurrió ni por un instante mirar hacia atrás. ¿Y si se hubiera cerrado?, me pregunté.

-      Venga, cruza – me dijo mirándome.

Le devolví la mirada y quería decirle algo, no sé, cualquier cosa para que me recordara, pero antes de abrir siquiera la boca, unos gruñidos lejanos, pero espeluznantes me erizaron la piel y acallaron cualquier palabra que fuera a decir. Él miró hacia atrás con el ceño fruncido y con odio en los ojos, me tomó de una mano y me incitó a agacharme. Me ayudó a meter primero los pies por el umbral hasta apoyarlos bien en el lavamanos, después me arrastré hacia atrás, dejándome casi caer hasta tener casi todo el cuerpo ya dentro. A lo lejos seguían oyéndose los gruñidos cada vez más horripilantes y de algo estuve segura, ésos si eran auténticos monstruos. Sin soltar su mano caí de pie frente al espejo-umbral, él me miró con una media sonrisa y una tierna mirada.

-    Penril – me dijo.

-    ¿Qué...? – pregunté confusa y con una pena irracional en mi corazón.

-     Me llamo Penril – y volvió a sonreír.

Le devolví la sonrisa entre lágrimas, sumida por una repentina angustia que no era capaz de explicar. Soltó mi mano y secó una de mis lágrimas con sus fríos dedos.

-    Gracias – susurró. Me acarició con ternura la mejilla y sonriendo mientras retiraba la mano de vuelta a su mundo y se cerraba el umbral, le escuché decir:

-     Adiós, Jessica.

-      Adiós, Penril – respondí, pero el espejo ya había vuelto a ser sólo eso, un espejo.

-      ¿Cuándo le dije mi nombre? - Le pregunté a mi reflejo.

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