BUENAS NOCHES AMOR

Paseando por el bosque, una tarde de otoño, perdida en mis pensamientos y oyendo pero sin oír en realidad los movimientos de las ramas, el vuelo de las hojas y los murmullos del viento, pensaba en la frialdad en que nos vemos envueltos día a día…

Pensaba lo triste que era cuando las palabras de las personas con sus sonrisas de medio lado y jugando con la ironía te hacen entender que eres fea. Sabiendo mi corazón que es mentira, miro a los ojos de la persona en cuestión para verificar con dolor mí sospecha ¡Que doloroso es el conocimiento!

Dicen que los ojos son el espejo del alma, tienen razón, es lo único que no podemos enmascarar. Y si el desprecio asoma a sus ventanas cuando me miran, las mías se cierran sufriendo en silencio, más el corazón valiente se niega a rendirse, porque es inocente y no sabe que la injusticia existe y estamos rodeados de ella, así que estalla en un grito de batalla y abre mis ventanas otra vez y sonriendo, escondiendo la verdad bajando la mirada, digo adiós y sigo mi camino. Es entonces cuando descubro que son necios y pobres de espíritus por no reconocer la belleza verdadera. La que hay en mí… En ti…

A veces cuando el cielo de la tarde se tiñe de tonos grises veo un haz de luz perdido entre las sombras y no puedo evitar sonreír y deleitarme ¡Que hermoso mundo! Me digo a mi misma, que grandeza sentir como siento. Cuando miro los bigotes de un gato, las patas palmeadas de un perro labrador, pienso: Dios está en los detalles. Y ese haz de luz se me antoja una señal de esperanza para abrir los ojos a los que no ven, pero, al igual que el haz de luz, mi esperanza se desvanece cuando vuelvo a escuchar las mismas palabras necias de siempre.

Seguí paseando y miré al cielo, un triángulo de aves lo cruzaba, me maravillé de la sincronía de sus movimientos, entonces recordé que una vez planté en mi corazón un árbol de amor y como una niña pequeña que era, esperaba impaciente día a día que creciera y diera frutos. Ahora pasados los años, pienso que me equivoqué en algo, quizá lo planté en el lugar equivocado, quizá no debí regarlo tanto, quizá tantos cuidados no era lo que lo haría crecer, pues ha crecido y he dado amor hasta decir basta, sin embargo hasta ahora no he recogido fruto alguno.

Me senté en una roca al borde de la senda, me descubrí llorando sin saber el por qué. Levanté mi mirada borrosa por las lágrimas que aún resbalaban por mis mejillas y observé el cielo, con maravillosa sorpresa descubrí un arco iris que sobresalía de entre las nubes grises hacia algún lugar lejano en el bosque. Sonreí pero mi tristeza y mi llanto continuaron, porque me di cuenta de que no tenía a nadie con quien compartir aquella maravilla. Podría contárselo a alguien, me dije, pero enseguida deseché la idea, pues a mi alrededor nadie entiende la verdadera belleza.

Me sequé las lágrimas, me levanté y me propuse a deshacer el recorrido ya hecho. Seguí cavilando en las personas que componían mi vida, buscando a alguien con quien quizá pudiera compartirlo. Llegué a casa y aún no había hallado respuestas, me sentí abatida.

Busqué la llave en los bolsillos de mi abrigo, hasta sentir el frío tacto del metal, abrí la puerta y me saludó el silencio. Me descalcé despacio, desatando los cordones de mis botas lentamente. Fui hasta la cocina y preparé café, esperando sin nada concreto en el pensamiento, mi mirada fue hacia la ventana y a través de ella, allí, de pie, ajeno a mi mirada estaba el hombre que hacia latir mi corazón. Mi vecino.

Me serví el café y añadiendo dos terrones de azúcar seguí observándolo. Era la belleza de su alma, era la blancura de su bondad y la ternura de sus palabras lo que me había enamorado locamente. Sin embargo, estaba casado, una cruel realidad que hacía mi amor imposible y hermosamente trágico.

Su mujer, era el prototipo de chica ideal que la sociedad vende por televisión en los programas de tele tienda que ponen sobre las dos de la madrugada para los noctámbulos como yo que no se resisten a dejar pasar la vida durmiendo y a los que la noche les calma el espíritu y la mente. Era alta, morena con una melena rojiza y ondulada artificialmente con mechas rubias. Las uñas inmaculadas, grandes y siempre pintadas. El cuerpo esculpido como si Dios se hubiera esmerado más de lo habitual, pero con una voz chillona y un mal carácter que daban ganas de correr. Sin embargo, allí estaba, el hombre al que yo amaba, enamorado a su vez de ella.

Seguí observando, en el silencio de mi cocina, en penumbra con el aroma del café en mi nariz y el calor de la taza entre mis manos. Tomé un sorbo y suspiré. Observé la delicadeza de sus manos acariciando a su pastor alemán, sentí su amor sincero por el animal y vi su sonrisa resplandeciente de felicidad. Y fui feliz durante ese instante, compartí, aunque él no lo supiera, uno de esos haces de luz . Supe que ese hombre veía como yo, la belleza verdadera y que disfrutaba de ella, allí, en el jardín trasero de su casa, donde su mujer no lo viera y le regañara por dejarse lamer por el perro.

Sonreí y me dije que cuando la vida dejara y nada más se supiera de mí, le pediría a Dios ser aire, para ser su aliento y sentirlo, como lo sentía ahora, sonreí. También le pediría que me dejase por un día ser una pastilla de jabón, para desgastarme en sus manos o si no, vera o camino, para seguir sus pasos.

Quizá una suave almohada, pensé, para poder así sentir aunque fuera una sola vez, su abrazo. A lo mejor le pediría ser esperanza para que nunca se apagase la luz de su mirada, o mejor ilusión o fantasía, para así poder rondar sus sueños y su alma. No sé, sería cualquier cosa que formara parte de su vida. Un haz de luz quizás para despertarle cada día.

Me serví más café y seguí imaginando. Imaginé que nos encontrábamos en el porche en una noche de luna llena y que me amaba, ya puestos ¿por qué no?

Imaginé que le decía como me sentía y como lo veía mi corazón. Vi en mi mente como nos iluminaba la luna el semblante, sentí la calidez de sus manos en las mías y su respiración cerca de mi rostro. Yo levantaba la cabeza para mirarlo de frente mientras le decía que sus ojos eran como las aguas del sur, únicos como la aurora boreal, más plácidos que el cielo azul y más profundos que la verdad. Le decía que en ellos me miraba y me veía hermosa y que su ternura hacía que mi corazón latiera más deprisa. El me decía que me amaba de Norte a Sur y desde cero hasta el infinito.

La voz chillona de su mujer fue un jarrón de agua fría en mis pensamientos. El acudió a su llamada y seguido por el pastor alemán, desapareció tras la esquina de su casa. Me sentí triste, sola y de alguna retorcida forma, abandonada. Suspiré y me tomé el último sorbo de café.

Subí a mi habitación, preparé un pijama rosáceo con florecillas amarillas, ropa interior y me preparé un baño. El agua estaba más caliente que tibia, acariciaba mi piel como un amante, los olores del jabón, las sales y el vapor se mezclaban en un aroma cándido y delicioso. Cerré los ojos y me dejé llevar a los confines de mi memoria. Recordé entonces cuando éramos adolescentes y asistíamos al instituto.

Cuando compartíamos las mismas clases, la mañana se volvía acogedora y el reloj sólo informaba de que iban demasiado rápido los minutos, mi corazón perdía la calma sólo con una de sus miradas, él ya salía con su actual esposa así que yo huía para no sufrir por un amor imposible. Cuando terminaban las clases mi intranquilidad se calmaba, me iba en silencio y sin decir nada, adelantándome para no verlos recorrer el camino a casa cogidos de la mano justo delante de mí. Salía y caminaba por nuestra calle mirando las casas, los jardines y saludando a los vecinos con un gesto simple, siempre con la vista hacia el frente sin mirar hacia atrás.

Oía a veces retazos de sus conversaciones caminando tras de mí, yo intentaba evadir escucharlo pero no podía, no apresuraba el paso para no parecer descortés, pero tampoco lo detenía para que no me alcanzaran. A sabiendas de que mirarlos era exponerme a ser pillada en el acto, a veces la fuerza de la juventud se adueñaba de mí y la verdad del amor que habitaba en mi inocente corazón, gritaba y yo víctima del verbo más grande creado por Dios, traicionaba mi razón y miraba. Y si por un casual su mirada se cruzaba con la mía, sentía todo el poder de la felicidad escondida y traicionera del verdadero amor.

Abrí los ojos al presente, el agua ya estaba fría y el aire caliente. Salí de la bañera y rodeé mi cuerpo y mis cabellos con toallas, me quedé frente al espejo y con la mano limpié el vapor para ver mi reflejo. Diecisiete años habían pasado desde entonces y nada había cambiado, yo seguía siendo su vecina de la infancia, tímida y amable y él seguía siendo el amor que nunca podría tener.

Te contaré un sueño querido vecino, me gustaría decirle, un sueño que me hizo por un momento preguntar si tú eras realmente el dueño de aquel sentimiento tan real, que se encadenó conmigo, hundiéndome en los abismos de la soledad y el desamor. Que dejó mis noches marcadas y mis fantasías amarradas solo a ti. Y preguntarte las cuestiones que me torturaban, ¿Pensar o no pensar en ti? ¿Sentir o luchar para no sentir? Aunque luche por no sentir, pienso en ti. Y aunque no piense en ti, siento. ¿Cuál es la respuesta?

La respuesta, por supuesto, era ni pensar ni sentir nada por él, pero en esos momentos no lo sabía y aunque lo hubiera sabido no hubiese servido de nada, el amor me había atrapado, ni el más valiente, ni el más sabio, ni el más audaz es capaz de escaparse de sus redes, porque te atrapa y te devora y no te deja nunca más.

El tiempo lo calma todo, incluso la pasión del primer amor, aún lo quiero, es cierto, pero ya no me duele, este amor que comenzó como mi enemigo ahora es mi amigo más íntimo, con el que viviré el resto de mis días y el que me acompañará más allá de la muerte.

El amor se burlaba de mí cuando yo aún joven e inocente e intentaba luchar contra él y me decía con su lánguida voz:

- Jamás te librarás de mí, aunque lo intentes, no podrás. Porque estaré cuando te despiertes con el sol y estaré cuando intentes dormir. Aunque no quieras, yo en tus sueños estaré y oirás mi voz, regresaré cada instante y en cada momento me sentirás en tu piel. Cuando salga el sol me recordarás, como un sueño sin explicación, tendrás mi sabor aún en tu boca y arderé bajo tu piel, en tu cabeza retumbará mi voz, seré el sueño eterno que sin dormir tendrás, seré tu amo, seré tu dueño y de mí jamás escaparás.

Y heme aquí, acostada bajo el calor de un edredón en penumbras deseando dormir y dejar de pensar. Oigo el tic tac del reloj de la mesilla de noche, mis párpados se cierran. Buenas noches Amor.













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