LA CÚPULA DE CRISTAL

Se despertó bruscamente. Algo la había despertado. Se quedó quieta y en silencio. Miró alrededor, agudizó la vista y el oído. Se mantuvo unos minutos a la escucha. (NadaSólo se oía el ulular del viento entrando por las juntas de las ventanas. 

Se volvió a acomodar en la cama y cubriéndose con la manta nórdica hasta las orejas volvió a cerrar los ojos.

De repente oyó un ruido. Se levantó de forma súbita y asustada. Se quedó unos segundos inmóvil en el centro de la habitación en penumbras mirando la puerta. Lo oyó otra vez. Venía del piso de abajo. (¡Joder!

Empezó a temblar e intentó concentrarse y poner más atención porque los latidos de su corazón y su propia respiración empezaban a acelerarse. Se acercó despacio a la puerta entornada y la abrió lentamente echando una ojeada al oscuro pasillo y las escaleras metálicas de caracol que llevaban al piso inferior. 

Salió de la habitación sintiendo bajo los pies el frío del parqué. Se detuvo en medio del pasillo mirando a su izquierda tras el entramado de la barandilla negra de hierro forjado. Desde allí tenía un buen ángulo de las escaleras y el salón. No vio movimiento alguno ni nada fuera de lo normal en el juego de sombras.

Aún así no volvería a la cama hasta asegurarse de que había sido… (Un ladrón)…el viento o… (Un animal)… su imaginación. Se armó de valor y encendió la luz del pasillo. Por un momento la repentina claridad hizo que entornara los ojos al sentirse cegada. Sus pupilas tardaron apenas unos segundos en habituarse a la luz. De inmediato se inclinó por encima de la barandilla y miró frenética en todas direcciones conteniendo la respiración. Tenía la fuerte y desagradable sensación de que se encontraría con algo distinto a los muebles y a los adornos del salón.

Se equivocó. Todo estaba tal cual lo había dejado. Un libro abierto y boca abajo sobre la mesilla auxiliar… El mando a distancia de la televisión junto a una revista semanal en la mesa central… Cojines desordenados a un lado sobre el tresillo junto a la colcha de rosetas hecha a ganchillo… La puerta principal cerrada… Ninguna cortina ondeando por el viento… (El orden dentro del desorden) Exhaló un poco aliviada.

Caminó hasta el borde de las escaleras. Se volvió a parar esperando oír algo. Nada. Ningún sonido extraño. (¿Lo habré soñado?) Bajó las escaleras. (No. Lo oí perfectamente) Encendió la lámpara de la mesilla auxiliar que estaba junto al tresillo.

Se acercó a la puerta y comprobó las cerraduras. Después le echó un vistazo a las ventanas. Estaban todas intactas y cerradas. Pegándose al cristal y poniendo las manos a ambos de la cara oteó el exterior. Nada. Solo árboles, viento y oscuridad. Encendió la luz del porche desde un interruptor interior junto a la puerta y miró por la mirilla de puntillas apoyándose con ambas manos en la puerta. (Ni un alma)

Un escalofrío la recorrió hasta sentir el vello de la nuca erizarse. No pudo contener un estremecimiento. Miró alrededor aterrada. (No empieces a pensar en fantasmas, Kate… ¡Por Dios! Aquí solo estás tú y el viento) Entonces mirando el pasillo en penumbras que conducía a la cocina, se dio cuenta de que (¡La cocina!) ahí no había mirado aún. Se sintió tonta y aún más asustada que antes. Se adentró en el pasillo y cogió la figura de una mano tallada en madera noble que adornaba un aparador. Se detuvo ante la puerta de la cocina con el corazón cabalgando en su pecho y la garganta suplicando agua. (Que haya sido mi imaginación, por favor… Que haya sido mi imaginación…)

Asiendo fuertemente el arma improvisada, alzó el brazo preparándose para asestar un golpe a cualquier cosa que se moviera al tiempo que con la otra mano y con decisión empujaba la puerta abatible. 

Pero nada se abalanzó sobre ella ni se movió en la penumbra. Ni siquiera ella. Hasta su corazón parecía haberse detenido durante ese pequeño lapsus de tiempo y terror.

Permaneció quieta sujetando la puerta aún con la otra en alto y atenta a las sombras (Eso es una de las sillas ¿Qué hace ahí?... ¿La dejé yo así?...) Con cuidado deslizó la mano por la madera pulida de la puerta hasta abrirla y pasar al interior (¡Uf…, qué frío hace aquí!) Tanteó sin mirar la pared a su derecha con mano temblorosa hasta sentir el contorno del interruptor. Encendió la luz.

(¿Cristales?)

Cristales. Cristales multicolores rotos y esparcidos por toda la encimera central de la cocina y parte del suelo brillaron reflejando la luz. Confusa y atónita miró hacia arriba temiendo lo peor. Y entonces vio un agujero que permitía ver el cielo nocturno y por donde entraba el aire gélido de la noche (¡Nooo…!) Le pareció grande y catastrófico. Un insulto a su preciado, hermoso y carísimo tragaluz de gruesos vidrios que habían sido pintados a mano y exquisitamente dispuestos para formar una cúpula por encargo. (¿Pero qué…?) Sintió unas terribles e infantiles ganas de echarse a llorar y de gritar, más era incapaz de articular palabra alguna. 

Con la cabeza levantada y azotada por el inesperado escenario, cerró los ojos sumida en tristes sentimientos de pena y de pérdida (¡Mi cúpula!… ¡Mi preciosa cúpula!…)

Olvidado el temor sentido apenas unos segundos antes, dejó de forma descuidada la figura de la mano tallada sobre la encimera sin apartar la vista de aquel horrendo y desalentador agujero. Caminó distraída rodeando la mesa completamente consternada cavilando los posibles motivos que podrían haber causado algo así… 

Cuando de repente, bajó la vista y lo vio. 

Tras la encimera yacía un hombre de lado sobre el linóleo. Y si no hubiera mirado habría tropezado con su cabeza. No se movía y tenía la cara casi cubierta por una larga melena azabache. Llevaba puesta una gabardina ancha y negra que se abultaba de forma extraña. Como si no cubriera a un hombre sino a una bestia. 

Kate, retrocedió profiriendo un grito que ahogó llevándose las manos a la boca de forma instintiva. 

De repente, el hombre se movió y ella retrocedió del susto, trastabillando y cayéndose hasta quedar sentada. Se dio impulso de forma frenética con los tobillos hasta que su espalda quedó pegada al horno y ya no pudo huir más. Sin darse cuenta se había arrinconado.

Paralizada por el miedo, observó quieta y callada, conteniendo el aliento, como el hombre tanteaba con la mano el aire buscando donde aferrarse. Oyó sus roncos quejidos hasta que finalmente dio con el tirador de un cajón. Intentó darse impulso para levantarse, pero no pudo. Dejó caer el brazo. Kate poco a poco fue soltando el aire de sus pulmones, mientras decidía… (Tengo que llamar a la Policía)… qué hacer.

Con sumo cuidado intentó levantarse sin hacer ruido (¿Dónde dejé el teléfono?) En éstas estaba cuando vio algo que no había visto antes y que la dejó con la boca abierta. De la gabardina, casi ocultas por los pliegues de la tela, sobresalían lo que parecían… (¿Alas?)... un revoltijo… (No puede ser)... de largas… (¿Un ángel?)… y blancas… (¿En mi cocina?)… plumas.

    Aún estoy soñando - susurró - Sí… eso es.

(¡Claro que no!) Se gritó a sí misma en su pensamiento. (Estás despierta ¡Por el amor de Dios!) Mientras cavilaba cada vez más confusa, parada en mitad de la cocina, hipnotizada por las alas... De pronto el hombre… (Ser)… habló.

    - Ayú…daa…me… - Kate dio un respingo del susto (¿Qué hago?) - Por… fa…vor… Ayú…da… (Esto no es verdad… Esto no es verdad…

Kate temblaba de pies a cabeza. Tenía miedo y al mismo tiempo tantísima curiosidad. Una curiosidad morbosa, peligrosa, negligente y probablemente letal, que la puso en guerra entre la razón y el impulso. 

Ganó el impulso. 

Haciendo acopio de valor, se acercó a él. Sintió dolor en la garganta al tragar saliva.

    - Es… está bien… - tartamudeó - ¿Qué…?

    - Miii… el… - la interrumpió.

(¿Ha dicho miel?)

    - No… no le entiendo…    

    - Miiiel… - repitió un poco más claro.

    - ¿Miel? - preguntó confusa.

    - Sííí… - respondió.

    Miel - dijo irónica - Vale. Sí… ¿Por qué no? 

(¿Tengo miel acaso?) 

    - Por… favor… - rogó.

    - Sí... Sí... Ya voy.

Esto es una locura! Tiene que ser un sueño. Un sueño muy vívido)

A sabiendas de que lo que estaba ocurriendo era real, pese a todos sus esfuerzos para convencerse de lo contrario, tomó la decisión de no salir corriendo, sino de afrontar la situación. Y por alguna razón, ese pensamiento hizo que dejara de sentir tanto miedo.

    Acto seguido se puso a mirar en las estanterías hasta que la encontró tras unas latas de conservas y una caja de galletas.

Se quedó mirando el tarro tontamente. Con la mente dispersa. (Pero, ¿qué estoy haciendo?) Se había olvidado hasta del agujero en la cúpula. Volvió a mirar al… (Ser)… individuo.  (¡Corre! ¡Huye! )

(Pero quiero saber) Y el impulso ganó otra vez. Suspiró y caminó hasta el cajón donde guardaba los cubiertos, cogió una cuchara. Ni siquiera le echó una mirada a los cuchillos. Cerró el cajón y se arrodilló dejando el tarro y la cuchara encima de una silla. Volvió a suspirar antes de ayudar al… (Ser)… hombre a incorporarse.

Con esfuerzo consiguió sentarlo. Al hacerlo los mechones de pelo cayeron descubriendo su cara. Kate se quedó en blanco. El sujeto tenía las facciones masculinas tan armoniosas y la piel tan delicada y sin mácula, que parecía haber sido esculpida uno de esos días, en que la máxima inspiración, bendice a la madre Naturaleza.

    - Sí… - susurró Kate - Esto… Quiero decir… ¿Está mejor? - Preguntó aún arrodillada a su lado. Esperando respuesta y mirándolo tontamente (Con que esto es un ángel). El hombre abrió los ojos. La miró. Ella contuvo el aliento (¡Oh, señor!)

El brillo y la belleza de constelaciones de estrellas y galaxias parecían reflejarse en sus ojos. En su vida había contemplado nada igual. Eran hipnóticos. Kate dejó de pensar. Se hundió y perdió en ellos. El tiempo pareció detenerse hasta que sintió una leve presión en la mano y poco a poco, recordó donde estaba. Pestañeó nerviosa y volvió a la realidad. ¿Cuánto había permanecido así? ¿Minutos? ¿Segundos?... No lo sabía.

    - Miel… - Volvió a insistir él.

    - Sí… - decía pero no podía apartar la mirada de la suya.

    - Kaa…te… - (Mi nombre) (¡Sabe mi nombre!) Lo miró sorprendida ¿Cóm…? - (¿Es de verdad un áng..?)

    - Sí… Lo so… y… - La interrumpió.

Ella… (¡Me ha leído el pensamiento!)… se quedó no solo atónita y muda con los ojos desorbitados, sino con una cara de idiota que sólo era comparable a la expresión del más absoluto asombro y estupefacción.

    - Necesi…to… la…

    - Sí… sí… -- Cogió con manos temblorosas el tarro y lo abrió. Metió dentro la cuchara y sacándola contempló el color suave y ambarino del espeso líquido. Esperó hasta que dejó de gotear y se lo acercó a la boca de labios carnosos y sensuales.

Él tragó cerrando los ojos con deleite. Kate lo observaba embobada. Volvió a llenar la cuchara y repitió una y otra vez la misma operación hasta que él alzó la mano de dedos largos y piel delicada. Ella se detuvo. Esperando. Tranquila pero fuera de sí, como si estuviera en otro mundo. Ya no era consciente de los aullidos del viento, ni del agujero de la cúpula y tampoco del frío gélido que entraba por él. No. Ahora todo giraba despacio y en silencio alrededor del ángel y ella. 

    - Gracias - Su voz le pareció el sonido más hermoso del mundo y sin darse cuenta estiró la mano hasta tocar su mejilla. Él se dejó hacer. Lo acarició sintiendo el suave tacto de su piel.

El clavó sus pupilas en ella. Ella las clavó en él. Entonces el tiempo se detuvo y todo lo demás fue olvidado. 

Para ellos, el mundo desapareció.

Una súbita e intensa ola de deseo los inundó, pero no como una oleada de pequeñas vibraciones, sino como un tsunami de pasión arrasando todo a su paso. Sin pensarlo. Sin poder evitarlo, sin poder resistirlo... Se besaron.  

El primer contacto de sus labios fue tímido. Él posó una de sus manos en la nuca de Kate, incitándola a seguir. Y lo hizo, pero esta vez, el beso no fue solo un roce ni tampoco tímido. Sus lenguas se encontraron y humedecieron sus bocas que se devoraron la una a la otra de forma enloquecedora. Seguras, como si se conocieran. Como si estuvieran acostumbradas entre sí. Encajando perfectamente.

Ella se deslizó sin dejar de besarlo hasta quedar sentada a horcajadas sobre él. Sus manos se perdían en los sedosos y largos cabellos. Él acarició su espalda y tiró suavemente de su pelo. Kate gimió siguiendo la inercia del movimiento echando la cabeza hacia atrás y dándole un respiro al beso. 

El ángel hundió el rostro en su cuello. Y lamió y besó y surcó su contorno. Se separó un momento y con ambas manos le empezó a quitar el camisón de seda carmesí. Ella levantó los brazos y se dejó hacer. Cuando la tuvo desnuda volvió a hundir el rostro en su cuerpo. Sus brazos la envolvían y ella abrazaba su cabeza oliendo su aroma y sintiendo bajo ella la erección de su sexo.

Él la tomó por las caderas e inclinándose se recostó sobre el linóleo encima de ella. Kate buscó otra vez su boca hasta encontrarla.

Entre besos, caricias y tirones consiguieron desnudarse por completo. Kate gimió cuando le mordió la piel de la cadera y enloqueció cuando su lengua se perdió entre sus muslos. Él febril de deseo y pasión se vio atrapado por su olor irresistible y la ardiente urgencia de su propio sexo.

Kate sintió que la escalaba dejando en su cuerpo toda clase de huellas. Huellas imborrables. El ángel estiró las alas blancas, grandes y espléndidas y luego se encontraron sus ojos. Y sin dejar de mirarse sintieron el goce de la penetración. 

Entre el fuego de la piel y la pasión de los gemidos, sus movimientos acompasados se hacían más gozosos. Hambrientos de caricias y sedientos de besos se entregaron sin límites ni palabras ni juramentos. Manos ansiosas e inquietas que terminaban arañando la piel, colmillos que mordisqueaban, talones que luchaban para empujar más fuerte, más profundo.. Dolor y placer. Pasión y frenesí. Corazones latiendo como un tambor llamando a la guerra del deseo y la lujuria.

Se convirtieron en un sólo ser, fundiéndose como se forja la unión de dos piezas de hierro... A fuego vivo. 

Kate cerró los ojos y se aferró con más fuerza a él y el ángel arqueó la espalda de cara al cielo gimiendo mientras sentían un orgasmo tan intenso que no podían pensar ni sentir nada más. 

Éxtasis.

Agotados, enredados y en silencio, sintiendo pequeños espasmos todavía, recuperaban el aliento. De la mano con los dedos entrelazados. El viento acariciando sus cabellos y refrescando sus cuerpos perlados de sudor. Ahora inmóviles y serenos. Abrazados mirando la luna y las estrellas del firmamento. Los pensamientos regresaban tímidos y lentos. Él había decidido quedarse. Ella se había enamorado.

Y entre pensamiento y pensamiento, el ángel renegó de su divinidad en silencio. Y abrazándose más fuerte a Kate se durmió, mientras tanto, sus alas se deshacían y bellas plumas blancas eran llevadas por el viento.





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